15 de febrero de 2016

Young River, Fox Glacier y Gillespies Beach

Fotos correspondientes al post anterior: recorrido por el Young River, Fox Glacier y Gillespies Beach
























¡Feliz cumpleaños!

¡Muchas felicidades, querido anónimo! En estas tierras de Nueva Zelanda, país tan avanzado, me cuesta encontrar conexión, de wifi me refiero, la tuya no la pierdo. Esta vez no hay audio ni vídeo, ahí va una foto de la pequeña saltamontes cruzando el río Makarora, disfrutando de adrenalina y sorteando turbulencias pasito a pasito, vamos, como la vida misma. Cuídate y disfruta también de tu vida cotidiana y de tus viajes.

Intenta contestarme antes del año que viene para que no se te acumulen las felicitaciones, esta última vez batiste el récord. 

Besos y abrazos





13 de febrero de 2016

De ríos, glaciares, olas y abuelillos neozelandeses

Gillespies Beach, Nueva Zelanda, 11 de febrero de 2016


¡Qué espectáculo! Estamos en Gillespies Beach. Olas enormes sueltan su espuma dejando la orilla de la playa blanquísima como un inmenso merengue. Y el fragor del mar cambiando de ritmo cada poco según el favor del viento. Cuando éste baja de intensidad franjas brillantes y espumosas se alternan con las líneas oscuras reposadas tras la breve calma del viento. Y en este lugar excepcional un camping libre, sólo la colaboración de tres o cuatro euros por persona, perteneciente al Departamento de Conservación que es el que ha creado y cuida los numerosísimos campings públicos que se distribuyen por toda la isla. Aquí dormiremos hoy.

Ayer recorrimos una parte del itinerario de tres días junto a los ríos Young y Wilkin. No quedó más remedio que hacer el mismo camino a la ida y a la vuelta, ocho horas en total y dos veces cruzando el río Makarora que no es moco de pavo, ancho, con una fuerte corriente sobre todo al regreso cuando el caudal había aumentado y el viento era mayor. No problem. Alberto me recordaba como en tantas ocasiones durante cuarenta años los tres puntos de seguridad, ¡qué ya lo sé, Pichón! dos pies y fija de nuevo un bastón, dos bastones y levanta el pie, etc etc. Vamos que pasito a pasito llegué a la otra orilla empapada hasta la cintura, cosas de mi corta estatura y de que no me iba a quedar como Dios me trajo al mundo ante tres abuelillos welintonianos de nuestra edad y una pareja de israelitas que esperaron a que nos lanzáramos a la aventura para seguirnos, a uno de ellos ya le eché el ojo pero la subida de adrenalina producida por el cruce del río superó a cualquier otro tipo de reacción hormonal y no me volví a acordar de él hasta que nos alcanzaron al final de nuestro recorrido tras el cruce de un puente colgante sin más recomendaciones que la de no cruzarlo más de dos personas a la vez. Saludamos a los abuelillos que seguían hacia la Young Hut y me acordé del puente que crucé, ida y vuelta para más inri, en el Karakorum, en Pakistán. Aquél si que era un puente para el recuerdo, con los tablones tan separados que tenía que hacer un esfuerzo con la pierna correspondiente para alcanzar el siguiente, sin malla de protección como está mandado por esas latitudes, agarrada, otra vez los tres puntos de seguridad dos manos y un pie, dos pies y una mano, etc etc, al cable al que llegaba con mis brazos estirados al completo, dichosa baja estatura, y balanceándose por el viento por encima de las turbulentas, me gusta esta palabra, hace que la aventura parezca mayor, aguas del ¿Indo? ¿un afluente?, no recuerdo.

Hoy, visita al glaciar Fox, y digo visita porque aquello era la romería de San Isidro para ver un lejano y no muy hermoso glaciar, pero lo contrario habría sido como ir al Louvre y no amontomarte con el resto del personal ante la Gioconda. La leyenda maorí, tan bonita y trágica como todas las que explican la existencia de lugares naturales significativos, es la de una joven cuyo enamorado se despeña desde uno de los picos cercanos al monte Cook y al llorar ella su muerte sus lágrimas caen y forman el glaciar.

Esto es Nueva Zelanda, pura naturaleza, con una vida urbana centrada exclusivamente en un par de ciudades, Wellington, dónde volveremos en unos días cuando termine nuestro recorrido por la isla sur para iniciar el del norte, y Auckland al final de nuestra estancia en el país.




8 de febrero de 2016

El lago Pukaki y el monte Cook

Parque Nacional Mount Cook, Nueva Zelanda, 7 de febrero de 2016


Teniendo en cuenta la densidad de población en Nueva Zelanda, la mitad debía de estar acampada en el camping del Parque Nacional Monte Cook. Ni una sombra para poner la tienda. Llegamos por la mañana desde el lago Pukaki, un lugar excepcional desde el que se divisa el monte Cook en todo su esplendor y los dieciocho picos de más de tres mil metros que le acompañan. Ayer, un día por cierto en el que me encontraba triste a ratos, plana en otros y sin ganas de hacer nada, la visión de estas montañas me hicieron salir de coche varias veces para fotografiar primero la cadena de los Andes neozelandeses y según avanzábamos carretera adelante el lago Tekapo con las montañas al fondo, después la estela de nubes que a lo lejos adornaba el monte Cook, las manchas blancas y luminosas de los glaciares, el contraste de éstas con el azul de la lago y el verde de sus orillas hasta que llegamos al lago Pukaki. Prados, abetos, en lago y al fondo la espléndida imagen de los tresmiles y la bellísima y resplandeciente mole del monte Cook. Alrededor del lago y en sus cercanías camping libre, una de las buenas medidas de este país para disfrute de sus gentes, los hay en abundancia, muchos de ellos con servicios e incluso con duchas. Allí nos quedamos, y pasamos la tarde y vimos atardecer desde las rocas que rodean el lago; en ese momento recordé una diapositiva de nuestro primer viaje a Suecia, en ella las siluetas de las sillas y la mesa de camping que llevábamos en nuestro cuatro latas daban el toque final a la imagen de una puesta de sol en la que el cielo era toda una inmensa mancha roja; aquí eran bandas que cruzaban horizontalmente el negro de la noche, algo bonito pero no tan espectacular, una no sabe cuál es el camino que toman los recuerdos cuando se presentan inesperadamente y sin una relación clara con el momento en que surgen. Ellas sabrán por qué en medio de toda una maraña enorme de flashes acumulados en nuestro cerebro se abren paso sin que nosotros, supuestos dueños de él hayamos participado en la elección.

Se estaba tan bien allí, y era tan bonito el lugar que hace unos minutos hemos decidido renunciar al paseo de mañana y marcharnos a dormir junto al lago Pukaki. Esta mañana cumplimos con nuestra obligada y querida caminata, en esta ocasión hasta el lago Hooker a los pies del monte Cook en el que flotaban cristalinos fragmentos de hielo desgajados de los glaciares,  lucía un sol espléndido y los numerosos caminantes descansaban, fotografiaban, daban cuenta de sus tentempiés y miraban el horizonte atrapados sin remedio por la belleza del lugar. En el camino de regreso mi cuerpo decidió por mí y, obedeciéndole, seguí su ritmo, pin pan pin pan pin pan a toda marcha, en un pispás llegaba al aparcamiento del Parque. Me lo pasé pipa sólo con el movimiento de mis piernas y el ritmo de los bastones golpeando el suelo.














3 de febrero de 2016

¿La naturaleza o nosotros? Parque Nacional Abel Tasman, Nueva Zelanda

Lago Rotori, Parque Nacional Nelson Lakes, Nueva Zelanda, 3 de febrero de 2016


Cambia de país, cambia tu tipo de vida, al menos en parte. Cuando viajábamos por los países de Centroasia comentaba yo en un post lo bien que me sentía adaptándome a diferentes costumbres cada vez que entrábamos en un país o en una cultura distinta. Al pasar de Indonesia a Nueva Zelanda el cambio ha sido, como es lógico dada la gran distancia cultural y económica entre ambos países, mucho más significativa. Transporte público por coche alquilado, subidón de presupuesto con lo que se acabaron los restaurantes y los hoteles a no ser que no quede más remedio, ahora camping, hornillo y supermercado,  carreteras tranquilas, velocidad controlada, desaparecieron los timadores de tres al cuarto para ser sustituidos por los timadores profesionales, un ejemplo, veinticinco euros más o menos por un trayecto de media hora en watertaxi compartido, algo así como un minibus acuático; en compensación no hay que pagar en los Parques Nacionales cuando en Indonesia te cobraban por darte un paseo de media hora para ver unos manglares o unos reptiles o para acercarte a una garganta porque para todo necesitabas un guía. De momento me gusta este país, gente alegre, bellos paisajes, vida tranquila.

Ayer anduvimos por un sendero a lo largo de la costa en el Parque Nacional Abel Tasman. Salimos poco antes de las seis de la mañana para que no se nos eacapara la belleza del amanecer. Fueron cuatro horas de ida y otras tantas de vuelta, nada de coger el watertaxi, por un camino bien trazado entre vegetación más propia del trópico que de la latitud en la que se encuentra este país. El mar quedaba abajo pero cada vez que entre los acantilados se divisaba una playa, allí había un cartel señalando un camino hacia ella casi siempre con la posibilidad de acampar, campings libres donde la colocación de una letrina no ha socavado los presupuestos municipales o estatales. Se lo montan realmente bien los neozelandeses en este asunto del disfrute de la naturaleza, equilibrio entre su cuidado y protección y el derecho de las personas a disfrutarla. Respeto a una y a otros, ni legisladores que parecen no haber dado un paseo por la Pedriza, pongamos por caso, y se quitan los problemas de encima limitándose a legislar prohibiciones o en caso contrario a sacar dinero del destrozo del paisaje, ejemplo nuestra costa mediterránea, ni ecologistas fundamentalistas para los que defender una margarita es más importante que la posibilidad de que una persona viva la naturaleza, o, y ahora recuerdo el tema de los lobos en la sierra madrileña, que pueda defender sus recursos frente a la multiplicación de una especie. La naturaleza y nosotros como pertenecientes a un grupo de seres vivos que habitamos el planeta o como enemigos en perpetua y sistemática lucha. Vaya si tenemos que aprender.

Hoy pasamos el día junto al lago Rotori, en el Parque Nacional Nelson Lakes.