20 de agosto de 2007

Niños y adolescentes





Bangla Desh


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Mzuzu, 15 de agosto
Pues sí. Una pila de años, más de medio mundo recorrido de acá p´allá siempre con el macuto a cuestas y plaf! una mano ágil perteneciente a un artista del robo me dejó en un pispás sin ropa, sin música, sin cepillo de dientes, sin pastillas para el colesterol, sin biblialonelyplanet, sin.... y lo que es peor sin líquido para limpiar las lentillas; imposible encontrarlo aquí; como en Huaraz hace años vuelvo a ser la gafotas.


Turquia
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Duro viaje este desde Blantyre a Mzuzu. Lo de siempre pero aumentado. Espera desde las cinco hasta las ocho y media, intriga de si viajaríamos o tendríamos que volver al hotel, asalto salvaje al autobús y, entremedias, mi macuto naranja con todas sus posesiones voló. Una fracción de segundo: el autobús llega, Alberto sale corriendo a asegurarse de que es el nuestro, yo me levanto, miro hacia él y cuando giro la cabeza el macuto no está. Pero no es esto lo que hace duro el viaje, al fin y al cabo el que se llevó mis cosas tenía más necesidad de ellas que yo (aunque seguro que no llevaba lentillas).



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Duro viaje. En la estación y durante el trayecto -cerca de veinticuatro horas entre la espera y los seiscientos y pico kilómetros de recorrido- estamos rodeados de madres adolescentes que cargan con sus niños a la espalda, muchas llevan alguno más agarrado a su falda; ellos, los padres, lo mismo, en España podrían ser confundidos con cualquier estudiante de secundaria. Van descalzos, sucios, el pelo color ceniza pegado al cuero cabelludo, roña en los brazos y los tobillos, la ropa ajada, los mocos colgando. Hay niños por todas partes. Se me humedecen los ojos como me sucedió hace dos años en Malí cuando desde la ventanilla del autobús vi a aquel chavalín de pocos años guiando a un hombre ciego; el rostro de adulto en aquel cuerpo tan pequeño debió de ser la gota que colmó mi ánimo aquel día, no era una escena nueva, había visto esos rostros a lo largo de todo el viaje. Tampoco lo que veo hoy es nuevo, pero esa sonrisa que me dirige esta adolescente de ojos enormes me revuelve por dentro. África profunda. El África que sólo se puede conocer oliendo, tocando, viviendo con ella horas de espera y de viaje. Nunca el Papa viajará así. No es lo propio de su estatus de jefe de la Iglesia. Pero no es la católica la única Iglesia que desvaría, en la puerta del albergue donde dormimos, en Mzuzu, regido por presbiterianos, hay un enorme cartel que defiende la abstención y la fidelidad matrimonial como el medio de evitar el sida. Y todo seguirá igual, las niñas que viajan en el autobús, dentro de unos poquitos años llevarán otros niños, sacarán de un plástico algo de nsyma para comer... me repito, lo sé, es lo mismo que escribía hace unos cuantos años en Guatemala y hace dos en Malí. Niños y niños pululando por las calles del África subsahariana, de Centroamérica, del sur de Asia...

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La gente entra y sale como si se tratara de un puesto de bananas o de un bazar de esos en los que puedes encontrar casi cualquier cosa que busques, y entra y sale sin preguntarse por estas cosas extrañas que suceden como que en su ciudad existan edificios como estos, o que un señor de blanco que vive tan lejos tan lejos les diga cuántos hijos deben tener.

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Pero ya se sabe que una cosa es el raciocinio, la inteligencia que, mejor o peor, me permite pensar, escribir, opinar, cargar las tintas despotricando contra Papas, Iglesias y bancos y otra ese cerebro límbico que hace que mis emociones superen mis razonamientos, y así, horas después de haber llegado a Mzuzu, cogido un minibús, viajado apretadita entre una jovencita con su bebé en brazos y la puerta corredera -para más inri corredera, que cada vez que el cobrador la abría tenía que hacer equilibrios para no caer fuera- y haber llegado a Nkhata Bay me olvido de todos los males que asolan este continente y me miro a mí misma más de la cuenta, como decía mi abuela, no hay que escucharse tanto, y me siento disminuida y algo apagada, porque en el macuto naranja que voló estaba el líquido con el que limpiar las lentillas, y ahora tengo que usar las gafas con las que no veo bien y me siente fea, viejita, insegura, poca cosa y ya no recuerdo a la adolescente de grandes ojos ni al niño que se agarraba a su falda. Vergüenza.


Turquia

10 de agosto de 2007

Vida cotidiana




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Blantyre, 10 de agosto
Hace frío. Por el suelo de tierra de la estación de autobuses de Harare corretea un niño, tendrá dos o tres años, va descalzo, harapiento y sucio; un joven le coge en brazos, le abraza, le limpia los mocos, luego lo deja, una muchacha le sonríe y finalmente otro hombre se lo lleva de la mano fuera de la estación. Es media mañana, la miseria, el tercermundismo que no veía estos días en las calles y carreteras de Zimbabwe existe aquí. A las cuatro y media de la mañana, cuando llegamos para estar de los primeros a la hora de subir al autobús que nos llevará a Malawi, una larga fila de personas aún tumbadas bajo sus mantas hacen cola para el autobús de Zambia. A las seis y media abren la taquilla, la gente se abalanza; no hay nada que hacer, el autobús está completo, esta vez son demasiados kilómetros para admitir pasajeros en el pasillo. Esperamos un nuevo autobús hasta las doce, mientras, observo, miro y me dejo llevar por el tiempo; estoy tan cansada que no soy capaz de leer. El ambiente me recuerda a Malí. El suelo no tiene un centímetro libre de basura, los urinarios están encharcados, sucios; entro y meo en frente de una joven que me mira compartiendo el quélevamosahacer, otra asoma la cabeza por detrás de la pared que separa los compartimentos y me observa como a un animal nunca visto.

Paciencia africana; nadie protesta, nadie se enfada, el sentido del humor, la alegría, las risas que veía en la gente estos días no han desaparecido a pesar del ambiente de miseria que invade la estación. África. El África que hace dos años nos hizo volver antes de tiempo por puro cansancio físico y psicológico. Y ya no sé qué pensar acerca de lo que ayer escribía sobre la visión que de África tienen los expertos, los estudiosos del tema. Y me pregunto qué hago aquí, hasta qué punto es lícito permanecer sentada en esta piedra, entre la pobreza de estas personas, compartiendo los plátanos como único desayuno, el suelo pringoso, el frío, el viento que levanta polvo sucio, papeles, trozos de plástico; tengo un trozo de chocolate en el macuto y me lo como casi a escondidas; no comparto, es mentira, viajo, juego, dentro de unos días volveré a Madrid al trozo de vida que me tocó en suerte. Sin embargo ¿por qué no? el día de hoy forma parte de mi vida, es tan mío como cualquier otro, estoy hecha de todos ellos. Y me pregunto, satisfecha de mis contradicciones, qué hago aquí, por qué no cojo un avión a Blantyre y me ahorro setecientos kilómetros de baches, una noche de maldormir, la adaptación del estómago a no comer apenas durante el día...

Son las doce, salimos de Harare. Me siento bien, el cansancio físico continúa pero el del alma ha desaparecido, vuelvo a pertenecer a esta humanidad que soporta con paciencia africana los inconvenientes del viaje en un autobús que no puede con las cuestas, me turno con otras viajeras en colocar la tapa que da al motor, en el pasillo, y que se desliza de vez en cuando fuera de su sitio, y nos acompañamos mutuamente en una hondonada a lado de la carretera o en un arenal junto a los cerdos mientras meamos y los hombres, respetuosos, esperan frente al autobús a que volvamos para pasear por la carretera hasta que el conductor haga sonar la bocina.



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Llegamos a Malawi. Nada más poner el pie en la frontera, cuando nos acercamos a la cola para pasar la aduana, me entero de que en primavera seré abuela. En Mesón de Paredes, cuando vaya a dormir después de alguno de mis paseos por Madrid, seremos cuatro. Me van a convertir en una abuelita viajera; me gusta la idea; tal vez me de tiempo a compartir algún viaje con mi nieto (¡o nieta!).

Los niños que viajan en el autobús están contentos, es de día, pueden corretear libremente; algunos, un poquito más mayores, forman parte de la cola y llevan en la mano, orgullosos como hombrecitos, su papel con los datos y su fotografía para entregarlo ellos mismos al señor aduanero; notan, saben que llegan a casa o que, al menos el viaje termina.





7 de agosto de 2007

Olor a humanidad

Harare, 7 de agosto


Victoria Falls



Great Zimbabwe


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Nos quedamos sin ordenador. La pantalla se rompió al subir al autobús que hace el trayecto de Bulawayo a Masvingo. Eran las tres de la mañana. Fuimos con una hora de antelación con el fin de conseguir asiento. Cuando llegamos a la estación el autobús estaba casi al completo, sólo algunos huecos en el pasillo. La gente se amontonaba en la puerta intentando subir. Nos metemos entre ellos; es una masa humana con una fuerza tremenda; defendiéndome con los codos consigo agarrarme al borde de la puerta. Veo a Alberto haciendo otro tanto e intentando no perderme de vista. Tanteo con el pie para buscar el peldaño y en ese momento oigo llorar a un niño, no le había visto, está delante de mí, separo un poco los brazos para que pueda subir y parece que nos hubieran desatrancado igual que se desatranca una bañera; incluso creo oír un plof como si algo de aire saliera de esa pelota humana que formamos. Momento este que es aprovechado para que dos niños más se cuelen entre mis brazos empujados por un par de manos. Consigo subir, el macuto se engancha, me lo quito y lo arrastro dentro del autobús, no sé si mi falda, que me llega a los tobillos, está entera... Alguien dirá: y cómo se le ocurre llevar una falda larga en esas circunstancias. Pues muy sencillo. Estos autobuses además de no tener horario y salir cuando ya no cabe un alma en ellos, no paran en todo el recorrido más que para cambiar de viajeros, y no sabes si tu cuerpo se va a portar de manera responsable aguantando seis, ocho, nueve horas sin cumplir con sus necesidades más primarias, y sucede que los pantalones no son nada discretos. Recuerdo los charquitos que había en el autobús que tomamos en Victoria Falls cuando llegamos a Bulawayo, final de trayecto.



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Hoy, camino de Harare voy sentada, tuvimos suerte, quedaban dos asientos cuando subimos al autobús. Huele a humanidad, pero no me resulta desagradable. Me gusta sentirme parte de esta masa humana. Me encuentro muy a gusto en este país. Sólo un dos por ciento de la población son blancos o asiáticos, el resto son negros. Negros guapos, alegres, con un bien desarrollado sentido del humor, amigables, espontáneos. Viajar por Zimbabwe es viajar inmersa en la vida cotidiana, en este agradable olor a humanidad, apretaditos unos junto a otros como buenos amigos de toda la vida. Y de eso se trata, de viajar inmersa en la vida cotidiana. Volverte loca para poder comer porque en este país las tiendas apenas tienen nada y la mayoría de los restaurantes están cerrados; un país donde el valor del dinero es diferente cada día y en el que el euro que cambias en la calle por 180000 dólares de Zimbabwe te lo compran en los bancos por 340. Me faltan datos para llegar a una conclusión clara sobre esta forma de dirigir la economía por parte del gobierno pero no veo miseria en la calle ni en las carreteras, tampoco grandes diferencias en la ropa, los coches... Podría ser que el gobierno quisiera sacar adelante el país mediante un gran apretón de cinturones. La renta per capita del año pasado estaba entorno a los 500 dólares, las estimaciones para el 2007 están en torno a los 1500. Acopio de divisas, los bancos no venden, sólo compran, precios muy bajos en el transporte, la comida... Lo innecesario es otra cosa. Ayer una tableta de chocolate me costó lo mismo que un billete para un trayecto de 200 kilómetros. Recuerdo lo que leí sobre Jerry Rawlings, que tomó el poder en Ghana en 1979 y devaluó la moneda progresivamente consiguiendo, eso sí, a costa de una generación que sufrió el desempleo y el recorte de los servicios sanitarios y educativos, sacar la economía del país adelante y llevarlo a una democracia en cuyas primeras elecciones, en 1992, resultó vencedor.

Los parámetros de occidente no parecen servir mucho para entender los problemas de África y buscar soluciones. Los esquemas políticos no se pueden aplicar así sin más como solemos hacer en occidente; este continente es distinto. Desde esa supuesta posesión de la verdad respecto al funcionamiento del mundo no tenemos en cuenta la idiosincrasia, las creencias, la psicología de los africanos; y tampoco la historia más allá de la de la colonización a la que se acude siempre como causa histórica de los problemas africanos. El libro África camina, de Patrick Chabal y Jean Pascal Daloz, que empiezo a leer ahora analiza la situación del continente desde una perspectiva diferente de la habitual, acudiendo a esas cualidades e historia propias y distintas de África, en concreto del África subsahariana, otra cosa sería la referencia a los países que han tenido una mayor influencia árabe en su historia y en la actualidad.
Y ahora, camino de Harare, recuerdo a los turistas de Victoria Falls y pienso que está bien, es bonito ver las cataratas, los parques naturales, los museos, el desierto... pero a mí me faltaría esta vida cotidiana que huelo, veo, toco y escucho en los autobuses, en los restaurantes y en las calles de Zimbabwe.




Great Zimbabwe

Zambia a través de una ventana

Bulawayo, 2 de agosto



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Acacias africanas, arbustos, manojos de hierbas amarillas que me recuerdan levemente la paja brava de la puna boliviana pero sin su brillo ni su color dorado y resplandeciente, sequedad en el norte del desierto de Kalahari en contraste con el toque de alegría y luminosidad que dan los colores de las largas y estrechas faldas de las mujeres zambianas, como sucede en casi todo el mundo, salvo en los países en los que el fundamentalismo islámico elimina la alegría que traen a las calles el color y la música, y en occidente donde la disciplina de la moda resta personalidad al atuendo. Pequeños poblados de viviendas circulares techadas de paja como aquellas que de pequeña veía en las escasas ilustraciones de la enciclopedia y que me daban la imagen de un continente en el que todas las casas eran así y todos los negros, excepto los pigmeos y los bantúes, que daban más miedo, eran, como en las huchas del Domund, niños de cabezas redondas y de pelo rizado y corto. Algunas sillas de plástico afean el conjunto, cosa que poco les importará a sus habitantes que están a lo suyo, lejos de esa visión occidental en la que lo típico y lo tradicional parece que debe estar esperándonos allá donde quiera que viajemos. De vez en cuando futuras viviendas muestran el esqueleto de troncos formando la base de la techumbre y de las paredes que luego se rellenarán con arcilla. El paisaje es bonito pero se repite a lo largo de unos trescientos kilómetros, entre la frontera con Namibia y la de Zimbawe.

Al otro lado de la ventana también está la gente que va dejando el autobús. Junto a la frontera con Angola son muchos los viajeros que bajan cargados con bolsas, sacos de naranjas comprados durante el trayecto y mantas que han utilizado en la noche. ¿Tendrá su cuerpo una temperatura diferente de la nuestra? Pasé parte de la noche en manga corta y sólo poco antes de amanecer tuve que ponerme el jersey. Las sacan arrebujadas y las van doblando mientras esperan el resto del equipaje, son los buenos días de mujeres, hombres y niños (en orden por su número, muchas más mujeres que hombres en los autobuses de Zambia y Zimbawe) que bostezan enfundados en anoraks y con la cabeza cubierta por gorros o, en el caso de ellas, pañuelos que dejan asomar cabelleras hirsutas y despeinadas. Algunas cargan con los bebés a la espalda sujetándolos alrededor del anorak con una toalla, algo más práctico que la tela que suelen utilizar en otras circunstancias. Los niños más mayorcitos miran tranquilos y con curiosidad a su alrededor esperando pacientemente, con la misma austeridad que muestran soportando horas y horas de viaje sin que se les oiga una sola queja. En el suelo maletas, cajas, cestas, palanganas y otros objetos diversos que sorteamos al acercarnos al supermercado junto al que se ha detenido el autobús para comprar el desayuno y buscar un baño. No hay tal, pero comprensivos con una pareja occidental no acostumbrada a aguantar sus necesidades fisiológicas más primarias durante tantas horas nos llevan a través de largos corredores (al menos a mí si me parecen largos no sé si por el apremio o por el desconocimiento del lugar) hasta unos servicios sucios y llenos de restos de embalajes y productos que contrastan con la apariencia ordenada, limpia y casi lujosa para el lugar en el que estamos, de la parte expuesta al público.

Fuera, la prohibición de beber alcohol en el recinto (aunque sea al exterior) que hemos visto por todas partes a lo largo del viaje. Un hombre negro negrísimo vestido sólo con una especie de mandil, los pocos dientes carcomidos por las caries, los pies enfundados en unas bolsas de plástico barre el suelo de la calle.

Zambia fue uno de los países africanos que pasó con tranquilidad de un régimen dictatorial a una democracia, pero las medidas de austeridad que se tomaron, tal vez necesarias, decepcionaron a gran parte de la población. Por otra parte la existencia de un sistema democrático no soluciona los problemas de corrupción, los apoyos políticos se pagan. El aduanero se embolsa unos cuantos euros a costa nuestra, dice no saber cuál es el cambio del euro, el autobús con el resto de los pasajeros –somos los únicos occidentales- lleva tiempo esperando, no merece la pena discutir más; es muy posible que la organización seria de Sudáfrica y Namibia desaparezcan a partir de aquí.

El autobús continúa camino, nada nuevo a través de la ventana hasta llegar a Zimbawe, Victoria Falls, cambio de paisaje y de ambiente; pero esto queda para otro día.


Swakopmund, Namibia

24 de julio de 2007

Gorjeos de adolescentes


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Swakopmund, 23 de julio






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La verdad es que hay ocasiones en que me alegro de no dominar el inglés. Pasan delante de nuestra puerta (una habitación acristalada que da a un patio-aparcamiento de suelo de grava en un hotel de los denominados backpaker) jovencitas masticando su vocabulario inglés -aquí también su sonido parece provenir de comedoras de chicle- dirigiéndose unas a otras con alegría, corrección y sonrisa permanente made in travel. Esta gente que viaja es endiabladamente feliz, o eso aparenta al menos. Y también son tremendamente educados a la hora de dirigirse al viajero con el que se cruzan: hello, hy, morning... con un acento cantarín de vecino de youth hostel. Otra cosa es cuando se sientan en la mesa común a desayunar: restos de mantequilla, de mermelada, gotas de café, cuchillos pringosos junto a la jarra de leche ¿quién les limpiará los restos de comida en su casa? Llegan todas (o todos y todas) juntas en un camión adventure tours. Se bajan gorjeando como una bandada de pajaritos. Llevan guía, cocinero; cada mañana saldrán gorjeando hacia el trocito de desierto que toca ¿termiteros? ¿aves? ¿dunas? más la posibilidad del quad, el.... traduzcamos, mi memoria no retiene tanto término deportivo, muévete a vela por el desierto, lánzate en patín desde lo alto de las dunas, esquía en la arena, súbete diez minutos a una tabla de surfing. Turismo de élite porque estas jovencitas no tienen aún edad de sacarse las pelas por sí mismas (salvo una o dos todas son blancas como la leche), así que tienen que estar subvencionadas por los papis.
No saquemos conclusiones precipitadas: no me caen mal salvo cuando se me llena la mano de mermelada al coger el cuchillo para untar mi tostada de mantequilla (o de mantequilla al ir a ponerme mermelada o...), por el contrario, da gusto verlas y además me recuerdan a mis secundarios. En realidad son como ellos, cuando llega la noche y se han acabado las actividades del día se meten en la sala y ven la tele o se pasean de un lado a otro con cara de despiste.


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¿Y por qué cuento todo esto? Pues no sé, porque yo había entrado en mi habitación acristalada con la intención de continuar estudiando mi historia de África; ando por la época inmediatamente anterior a la colonización, cuando en estos lugares de adventure tours todo se estaba preparando para que los alemanes se establecieran, eliminaran a dos tercios de los hereros, uno de los grupos importantes que habitaban -y habitan- lo que ahora es Namibia y para que, más adelante, los sudafricanos impusieran el apartheid creando reservas que comprendían el cuarenta por ciento de la tierra y dejando el sesenta por ciento restante para los blancos, aproximadamente el diez por ciento de la población total, afrikaners mayoritariamente (hagamos un inciso: afrikaners cuyos antepasados habían sido masacrados en campos de concentración por los ingleses; se podrían intercambiar términos, nombres y daría lo mismo), blancos que crearon nuevos medios de producción y desarrollaron la economía del país.
Hace sólo diecisiete años que Namibia es independiente; pronto para que los adolescentes del adventure tours no sean casi todos blancos en un país de casi todos negros, o para que los empleados del hotel sean negros ylos dueños blancos.
Pero debería huir de principios establecidos y ser lo más objetiva posible al tener en cuenta tanto el que a la población blanca haya que reconocerla lo positivo de algunas de sus intervenciones en estos países, como otros factores, sea el primitivismo implícito en muchas facetas de la vida de la población negra, las bases culturales muy o completamente diferentes de ambos grupos, la lucha de los negros por conseguir una igualdad ante la ley y, sin justificar el daño provocado por los europeos y sus descendientes, tener en cuenta la existencia de múltiples variables que influyen en el mayor o menor desarrollo de los pueblos, porque tanto para bien como para mal, seguimos viendo el mundo desde nuestra preeminencia cultural.




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Ejemplos que me vienen a la memoria, pues cómo Eduardo Galeano arremetía en Las venas abiertas de América Latina contra la tasa elevada de natalidad como causa del subdesarrollo, no es un problema de superpoblación, sino de reparto, decía;o la actitud indolente de muchos de los indios bolivianos; o la rapidez con que una parte de la población autóctona del centro de África ha pasado de un primitivismo estatal a una sociedad participativa, saltándose una revolución francesa, o a una sociedad tecnológica omitiendo los cambios económicos que se dieron en Europa en el siglo XVI o con la revolución industrial por ejemplo.




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Y ahora me doy cuenta de que hace rato que los gorjeos de las adolescentes del adventure travel ya no se oyen y que lo que suena ahora es el viento, un viento propio del desierto de dunas doradas, suaves, onduladas, eróticas, ocultadoras de pequeños tesoros que a dos kilómetros de Swakopmund se extienden hasta unirse con la arena de la playa, arena oscura, compacta y liberadora de otros pequeños tesoros que provienen del mar. Dorado y oscuro, como la piel de los adolescentes de Namibia.




18 de julio de 2007

Da miedo

Cudad del Cabo, 18 de julio


Ciudad del Cabo desde la Table Mountain


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Mañana marcho de Sudáfrica y lo hago sin tener una idea clara de la situación social de este país.
Los blancos y los negros mantienen una separación bastante clara entre ellos y, con la excepción de Ciudad del Cabo, donde parece existir una clase media negra más abundante, hay grandes diferencias económicas y sociales entre ambos.
Parece un país austero, no hay grandes superficies comerciales, ni llamativos centros de ocio, pero el tipo de vida se parece bastante, al menos entre la población blanca, al occidental. Sin embargo el precio de las cosas más necesarias es mucho más bajo que en occidente.
Puede que la influencia protestante y más en concreto la calvinista hayan tenido su parte en la austeridad a la que hacía referencia antes. Y hablando de religión... hace un momento, por debajo de nuestra ventana, pasaba una manifestación de hombres y mujeres musulmanes (estas últimas con pañuelo, pero vestidas al estilo occidental) que portaban carteles contra las drogas, el alcohol, pidiendo la legalización de la pena de muerte y una pancarta que decía "África musulmana". ¿Es posible que el radicalismo se esté extendiendo hasta estos países que no han tenido una historia reciente marcada por el Islam?
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Da miedo. Las personas seguimos con nuestra vida habitual, comentando estas cosas mientras nos tomamos un café tranquilamente y de repente todo cambia: un golpe de estado inicia una guerra civil, Estados Unidos bombardea Irak, los servios y los bosnios que vivían apaciblemente puerta con puerta se matan entre ellos. Así la perplejidad que sentí ante la violencia cotidiana en la guerra de los Balcanes recordando mi viaje por esa península no muchos años antes. ¿Qué es lo que sucede dentro de nosotros?
En dos días nos transformamos, dejamos de ser los vecinos que cruzábamos un saludo al entrar en el supermercado, que hacíamos cola uno junto a otro para ver una película o un partido de fútbol.

Ciudad del Cabo

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Tal vez nos han dado los medios, las razones para que estallen en nosotros los rencores, los desequilibrios, la falta de paz que andaban agazapados en nuestro interior cuando nos creíamos que nuestra vida era la adecuada, la que nosotros queríamos; en el fondo está la carencia de la lucha por una existencia propia, íntimamente nuestra, satisfactoria en el sentido de superación personal. Ya, ya sé que hay problemas sociales, de desigualdades, de injusticias... pero no creo que las personas que pedían la pena de muerte y la instauración de un África musulmana partan de ese convencimiento, más bien es un conocimiento superficial (el juicio consciente es otra cosa y tiene diferentes consecuencias) de la existencia de esas injusticias el que adoba las razones personales de igual modo que sucede en nuestro país a las personas que rechazan de plano a los inmigrantes y así a estos conciudadanos nuestros no les preocupa en el fondo la supuesta injusticia que comete el Estado permitiendo que los extraños compartan los beneficios del propio país, su problema es un problema personal, de planteamiento de su propia vida. El mundo no cambia si las personas que habitamos en él no lo hacemos. La satisfacción íntima con el camino que vamos trazando en nuestra propia vida ayudaría en mucho a la tolerancia, la comprensión y el respeto a las opciones de los otros. Y hay innumerables veces que esa satisfacción no es más que un espejismo inconsistente que puede esfumarse con suma facilidad.

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Hace menos de dos décadas que éste país consiguió borrar de la legislación la inhumana situación de una mayoría de la población, ahora, antes de que esa desigualdad haya podido desaparecer significativamente de la vida diaria de sus habitantes ya hay otros defendiendo la supremacía de una parte sobre otra. Realmente aprendemos muy poco.

Simbiosis

Ciudad del Cabo, 17 de julio



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Esta pintura de Cecil Todd captó mi atención nada más entrar en la National Gallery de Ciudad del Cabo. Provocó en mí un sentimiento de ternura, puede que ante alguien muy lejano, alguien fuera del mundo cotidiano en el que vivimos, alguien que está tranquilo con su propia compañía pero precisa también del otro, del débil.