26 de abril de 2012

Bernard Herrmann (2) Preludio a Hitchcock.


Concierto macabro (Hangover Square), de espantoso título en español, es dos años anterior a El fantasma y la señora Muir. Es una película de serie B, poco conocida, al igual que La casa en la sombra (On Dangerous Ground).
El protagonista de Concierto macabro es un pianista que en ocasiones no recuerda nada de lo que ha hecho en momentos anteriores. Esto se complica entre otras cosas por la obsesión de terminar su concierto y... pues eso, a verla que merece la pena.
Bernard Herrmann compone un concierto para piano que será el que toque el protagonista. Un concierto precioso. Y esa es la banda sonora de la película. Una pieza contundente, sonora, con momentos lóbregos, como corresponde a la historia y fragmentos cercanos al piano del romanticismo, Chopin, Liszt. Instantes también suaves, delicados cercanos a lo que podría ser la sensación de desvalimiento del protagonista. Y una orquestación en diálogo con el piano, en el que ambos se turnan en sentimientos de desesperación y de melancolía. Una lucha entre la obligada aceptación de su locura y el intento de salvarse de ella, quizá de obviarla, de la desolación al comprender que el esfuerzo es inútil. No hace falta nada más para comprender la situación anímica del protagonista.





El argumento de La casa en la sombra (On Dangerous Ground), título español absurdo, se podría dividir en dos partes no sólo por el desarrollo de la historia y el cambio vital del personaje principal sino porque, de manera impecable, están perfiladas por la luz (claroscuro - luminosidad), la atmósfera (ambiente urbano – naturaleza), el montaje (violencia – sensibilidad). La música de Herrmann también ofrece ese contraste entre partes en la que predomina un tempo rápido, una utilización de la orquesta al completo, una buena dosis de vientos y percusión y otras en la que se mezcla el romanticismo con la intriga en unas melodías que anticipan las composiciones de Herrmann para Vértigo o Psicosis.


Este vídeo es sobre Ida Lupino, la música pertenece a la banda sonora de On Dangerous Ground y las imágenes a la filmografía de Ida Lupino. ¡Cómo me gusta Ida Lupino!



10 de abril de 2012

Bernard Herrmann (1) Primera etapa





Bernard Hermann es unos de los mejores compositores de bandas sonoras, eso ya lo sabe cualquier aficionado. Para mí es, quizá, el mejor. Sus bandas sonoras no suelen estar dedicadas a destacar lo que va sucediendo a lo largo de la película sino que reflejan precisamente lo que no se ve: sentimientos, miedos, estados de ánimo. Es, además, música que se puede disfrutar también sin el apoyo de las imágenes.

Estudió composición y dirección y se relacionó profesionalmente con compositores como Copland, Gershwin, y Percy Grainger a cuyas clases asistió. Por cierto que yo no tenía ni idea de quién era Grainger hasta que hace unos días me llegó a través de una suscripción, un vídeo de este compositor, una obra titulada Handel in the Strand, que me encantó y en la que, según el propio Grainger, creaba una conexión entre Haendel y la comedia musical inglesa; esto lo leí después, yo lo que escuché fue un Haendel contento y divertido.



Herrmann compuso también piezas para piano, sinfonías y una ópera. La primera obra de la que he encontrado referencia es el Preludio para piano, de 1935. Una obra muy breve, contundente y algo lóbrega.

Sólo encontré este vídeo y no permite insertar, pongo el enlace.



En 1938 compuso una cantata inspirada en Moby Dick. Aquí algunos fragmentos.



Trabajó también en la radio poniendo música a documentales radiofónicos. Así fue como conoció a Orson Welles colaborando en La guerra de los mundos, lo que le llevó al cine al encargarse de la partitura para Ciudadano Kane. Hace unos días volví a ver la película como inicio de un ciclo que me he programado para mí misma y, la verdad es que me decepcionó. La recordaba de otras veces como una obra de arte y lo que ahora veo es una buena película, original en su tratamiento visual, con fuerza, pero sin la suficiente calidad como para ser considerada una de las obras maestras de la historia del cine. La historia tiene un tantico de culebrón, los personajes no emocionan, quizá se salve el de Joseph Cotten. Tampoco las actuaciones, salvo, de nuevo, la de Joseph Cotten, son destacables ni mucho menos. Es uno de esos mitos que, tanto en cine como en literatura o en cualquier tipo de expresión artística, parece que hay que mantener en su pedestal a riesgo de ser señalados con el dedo de los supuestos expertos. Sin embargo la banda sonora de Herrmann es muy buena, sobre todo instrumentalmente, pero también por su variedad y adecuación al desarrollo de la película, la orquestó mientras se rodaba y participó en el montaje




De Ciudadano Kane me fui a El cuarto mandamiento (vaya título, mejor The Magnificent Amberson) entre otras cosas porque tenía un buen recuerdo. Pffff. Esto si que era un culebrón total con actuaciones pésimas (horror Dolores Costello) excepto, de nuevo, Joseph Cotten. Como excusa el hecho de que el montaje final no fuera obra de Welles sino de la productora. Aunque sus personajes planos y tópicos sí son responsabilidad suya. Con la música pasa algo parecido, también la banda sonora fue manejada por la productora.

Y viene la época romántica con Alma rebelde (Jane Eyre) y El fantasma y la señora Muir. La película no estaría mal si no fuera por la presencia de Joan Fontaine a la que no soporto, siempre el mismo gesto, incluso cuando su personaje necesita mostrar fuerza y determinación, la misma expresión de bondad-pocacosa-ingenuidad rayando en lo estúpido, la estés viendo en Alma rebelde, Rebeca o Nacida para el mal, da lo mismo. La banda compuesta para Alma rebelde se basa en tres melodías, una para acompañar a la protagonista, un tema de amor y un tercer tema más misterioso necesario para la intriga y el personaje de Orson Welles.




El fantasma y la señora Muir es una película preciosa, que he visto más de una vez y seguiré viendo. Una historia de amor suave, llena de silencios, de miradas, Una película y una banda sonora melancólicas, elegantes, apacibles, cálidas. Y Gene Tierney un maravilloso descanso después de haber soportado a Joan Fontaine. Y el mar...




Un buenísimo final para el post.
Continuará...


9 de abril de 2012

En silencio

Tu regalo de cumpleaños, te lo debía.
Un beso


1 de marzo de 2012

Los celos



En la tercera parte de la Trilogía del mar de Esther Tusquets, titulada Varada tras el último naufragio, tres de los personajes principales, las tres mujeres, se convierten en tribunal que juzga al cuarto protagonista, el marido de una de ellas, por tener relaciones con una joven a la que ha conocido días atrás.

Tusquets presenta la escena desde un punto de vista crítico cargado de una ironía cercana al sarcasmo que, más adelante, aligera mostrando una cierta ternura por cada uno de los personajes, quizá porque cuando caemos en el ridículo casi siempre hay en su origen algo de incoherencia, o mucho de inseguridad, o exceso de orgullo, o una combinación de todo ello.

“...le aguardaban las tres mujeres, envaradas, incómodas, lúgubres -le han hecho pensar por un instante en las brujas que presagian a Macbeth oscuros infortunios...” “...las tres ahí tan rígidas y envaradas, tan graves y solemnes, como si debieran autorizarle o vetarle el paso de la laguna Estigia y concederle o no el diploma de hombre de bien o simplemente de madurez...”

No es un tribunal imparcial. La primera de ellas, enamorada de la esposa del presunto traidor, actúa por celos; la segunda acaba de ser abandonada por su pareja y está en plena crisis. Curiosamente la esposa “ofendida” ha defendido de palabra durante años una forma de vivir el amor, la pareja más libre, más abierta. Somos un cúmulo de contradicciones. Defendemos la libertad, la autonomía, el grado sumo del amor cuando nos sentimos felices porque el ser amado lo es, hacemos campañas con frases como los celos no son una muestra de amor, él no es tu dueño o viceversa, etc., etc.

A veces he necesitado subirme a mi helicóptero privado para observar mi vida desde otra posición y poder verme con más claridad y más objetividad. Pero creo que más que un helicóptero necesitaríamos convertirnos en un habitante de alguna otra galaxia que aterrizara en la Tierra sin excesiva información sobre nosotros y nos examinara, aún no muy detenidamente, sólo dejándose llevar por su primera apreciación sin razonamiento ni intento de comprensión o estudio para quedar pasmados ante actitudes tan incongruentes como las que se dan en escenas similares a la que he comentado más arriba.

Los celos pueden surgir por cualquier tema que nos haga dudar de nuestro valor como personas, que cuestione la percepción que tenemos de nosotros mismos, que niegue una admiración de los otros. Si esto se centra en la pareja la cosa se puede complicar más, pero el origen es el mismo. Luego hay otros componentes como el miedo a lo desconocido, la sensación de inestabilidad que, sin embargo, nos golpean también cuando somos conscientes de que nuestra vida propia está siempre por hacer. Puede que los celos sean un sentimiento natural como quizá la envidia, como lo es la ira... incluso a veces pueden gustar, interrogan a la persona, le dan nervio, la ponen en guardia, la activan precisamente para dominarlos, o, mejor, encauzarlos, que no jueguen malas pasadas produciendo sentimientos de exclusividad, dominación o pertenencia. Para ello necesitamos sentirnos a gusto con nosotros mismos, tener una vida personal, unos intereses ricos y fuertes; una habitación propia, que decía Virginia Woolf, ella habla de la situación de la mujer pero hay fragmentos cuyo contenido es válido tanto para una mujer como para un hombre.

“por encima de todo debes iluminar tu propia alma, sus profundidades y frivolidades, sus vanidades y generosidades” “si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar común y vemos a los seres humanos no siempre desde el punto de vista de su relación entre ellos, sino de su relación con la realidad; si además vemos el cielo, y los árboles, o lo que sea, en sí mismos; si tratamos de ver más allá del coco de Milton porque ningún humano debería limitar su visión; si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad y no sólo con el mundo de los hombres y las mujeres, entonces llegará la oportunidad”

Me gusta que mi pareja y yo seamos compañeros de viaje por la vida, aunque sea duro viajar en ocasiones en tercera, sin las comodidades del coche-cama. La pasión por vivir es contraria a la comodidad, ésta nos convierte en habitantes de zapatillas y sofá. Pero, ¿quién dijo que es mejor asimilar todo y vivir lo que nos procuran los retos con normalidad? estaríamos en la misma situación de antes, sólo habría cambiado el color de las zapatillas y del sofá.


19 de febrero de 2012

Oler y tocar. La irracionalidad del mundo.

 


Judería en Londres, de Stadler, es el primero de los poemas que, por una razón u otra, más tocan a mi ánimo o más me gustan y que de vez en cuando iré transcribiendo al blog.

Judería en Londres

Hasta el esplendor mismo de las plazas
se acercan callejones subversivos y devoradores terriblemente encarnizados
entre sí, muy abiertos, como las cicatrices desgarradas en la carne desnuda de 
los edificios,
y llenos de basura que los arroyos sucios ya desbordan.

Las atestadas tiendas se apresuran hacia el aire libre.
Sobre las largas mesas desordenados trastos se almacenan:
vestidos y cotón, pescado, carne, fruta, en asquerosa hilera
están amontonados y con salpicaduras de las doradas llamas de la nafta.

Hiede a carne podrida y a pescado, adherido el olor a las paredes.
Un miasma meloso impregna el aire que anochece con suavidad.
Una vieja mujer escarba los desechos con sus ávidas manos.
De manera mecánica un mendigo ciego chirría una canción que nadie escucha.

Están sentados delante de las puertas, rodeando los carros.
Niños que gritan, andrajosos, en la pobreza de su juego,
en tanto un gramófono grazna, voces rotas de mujeres crujen
y a lo lejos retumba la ciudad bajo el rugido de los automóviles.

      Ernst Stadler, hacia 1914

14 de febrero de 2012

No se me olvida

¡A quién se le ocurre nacer el día de San Valentín! Felicidades, muchacho de ojos verdes.

Un beso



13 de febrero de 2012

Ginebra y la soledad




 Dice Rafael Argullol en su libro Visión desde el fondo del mar que “somos capaces de vivir decenas de ciudades en cada ciudad. Sin embargo habréis observado hasta qué punto nosotros somos un reflejo fiel de esas múltiples ciudades, pues, de hecho, las amamos o maltratamos de acuerdo con nuestro propio amor u odio”

Cierto. Podría decir, por ejemplo, que sólo he estado en París una vez. En las otras ocasiones París era el escenario de experiencias, vivencias que tenían mayor fuerza que la propia ciudad.

Viajé a Ginebra en 2003. En principio era un lugar puente entre mi travesía por los Alpes y un viaje a Méjico.  Había pasado veinte días con Alberto acompañándole en su recorrido completo de la cordillera desde Niza hasta Eslovenia. Yo venía de Pirineos, una semana de caminar por la zona de Aigüestortes con un amigo. Nos encontramos en Larche, en los Alpes de la Alta Provenza, y nos separamos en Alagna Valsesia, al pie del Monte Rosa. La niebla nos había acompañado en ese último día. Dormimos en un albergue que más parecía una residencia de ancianos convertida en hotel, pero teníamos una habitación con mucha luz, limpia y con ducha.  Me encontraba emocionada por la doble despedida, la suya y la de la montaña y algo inquieta ante mi viaje. Al día siguiente él retomó su camino y yo cogí un autobús a algún pueblo por donde pasaba el tren a Milán para partir, dos días después, a Ginebra y desde allí a Méjico.
Habíamos compartido las veinticuatro horas durante veinte días extraordinariamente bellos. En mi cuaderno de notas escribí: estoy sola. Algo de nerviosismo, otro poco de inseguridad, bastante de exaltación, y una gran dosis de felicidad que me transmitía un cuerpo que había disfrutado del esfuerzo, del sudor, de la fuerza de mis piernas, de la posibilidad de sentirlo al completo, un cuerpo curtido durante casi un mes de caminar sin interrupción como las cabras; eso era yo en aquel momento.

Mi estancia en Ginebra está teñida de un sentimiento de soledad. Soledad frente a cosmopolitismo. Me sentía feliz sentada en una terraza del Quai du Mont Blanc delante de una cerveza. El aislamiento propio de la montaña había dado paso a un hervidero de rostros, de actitudes, de sonidos, de música.  Paseé por la ciudad, me compré dos libros para el viaje y los primeros días en Méjico: Elsa Morente y Almudena Grandes, en el Marché aux Puces  husmeé en una caja repleta de gafas de sol y conseguí unas por un par de euros, comí en un tailandés muy barato donde me clavaron por el café, escribí a mi otro chico, aquel que me llamaba pequeño saltamontes, y cobijada en la habitación del hotel escuché música y estuve tranquila conmigo misma. Ginebra no es la ciudad de los museos, el Jet d'eau, los edificios históricos y políticos, es el disfrute de la soledad en medio del gentío y el contacto, la comunicación con mi persona.