Georg Trakl escribió este poema poco antes de suicidarse en el hospital psiquiátrico en el que fue internado debido a las consecuencias de su participación como médico en la batalla de Grodek, en Ucrania, durante la primera guerra mundial. Un poema profundamente triste, desgarrador, lleno de oscuridad en su significado y en el sonido de sus palabras que lleva, con inmensa fuerza, hasta lo más hondo del lector la tragedia y el tremendo dolor de una guerra. Por las tardes resuenan en los bosques de otoño las mortíferas armas y en las llanuras áureas y los lagos azules; sobre ellos rueda el sol más oscuro; la noche abraza a los guerreros moribundos, el lamento feroz de sus bocas quebradas. Mas silenciosamente en las praderas nubes rojas que un Dios airado habita, se reúne la sangre derramada, la frialdad lunar; todos los caminos desembocan en negra podredumbre. Bajo el áureo ramaje de la noche y los astros vaga por el callado bosque la sombra de la hermana que saluda las almas de los héroes, sus cabezas sangrantes. Y en el juncal resuenan quedamente las oscuras flautas del otoño. Oh, qué soberbio duelo, altares de metal, un tremendo dolor alimenta hoy la ardiente llama del espíritu, los nietos que no han nacido aún. Georg Trakl 1914
He vuelto a ver El jardinero fiel para
poder escuchar in situ la partitura de Alberto Iglesias. La película
me ha decepcionado más que en la primera ocasión. Meirelles parece
que intenta llevar a cabo una denuncia del mal hacer de las
farmacéuticas y lo que debería haber sido el tema principal se
convierte en una excusa para contar una historia de amor y
fotografiar de manera preciosista los paisajes de Kenia -yo al menos
estoy cansada de ese colorido brillante- y a la población plena de
color en una historia que no admite tanta luminosidad.
La estructura de la película falla,
los flashback son repetitivos buscando la lágrima fácil y
produciendo la sensación de quien salta de un lado a otro de la
historia de manera desorganizada. La cámara en mano y sus
movimientos rápidos como de quien ha perdido su control marean y
despistan, no ha sabido utilizarla.
El color, la luz, los paisajes habrían
sido aceptables en otro tipo de historia, tipo Hatari o Memorias de
África.
En cuanto al supuesto mensaje de la
película, a los que conocemos el problema de las malas prácticas de
algunas corporaciones nos decepciona porque, además de no aportar
nada nuevo, no da al tema la suficiente importancia y al resto le
pasará desapercibido al estar tapado por la historia de amor, las
sospechas de infidelidad y la poco creíble protagonista que se pasa
de humanitaria en un papel precisamente poco humano, sin dudas, sin
equivocaciones, sin cansancio... vamos, un personaje totalmente
plano. La pareja perfecta que, sin embargo no habla, no comparte. El
resto de los personajes son más de lo mismo, típicos y tópicos a
más no poder.
Sospecho mucho de las películas de
lágrima fácil porque no dejan lugar a la reflexión ni a una
empatía real con la historia y los personajes.
Un tema desaprovechado en una
situación, también en el año en que se rodó, que merecería la
pena haberlo convertido en lo principal de la película. Si no se
podría haber dedicado sólo a la relación de los protagonistas y
buscarse otro tipo de estratagema para sostener una cierta intriga. Esta crítica está publicada en filmaffinity.com El vídeo está en inglés, he preferido una imagen buena. el trailer español no tenía resolución suficiente.
Fragmento de la banda sonora de El jardinero fiel:
Ayer
me crucé con un antiguo alumno. Se sentó dos o tres asientos detrás
del que ocupaba yo en el autobús. Guapo, con un toque chulesco,
aparentemente seguro de sí mismo, le oía perfectamente desde mi
asiento hablar con un amigo dándole lecciones, consejos y tomando el
papel de entendido sobre lo que tenía que hacer para sacarse el
carné de conducir. Recordaba perfectamente su voz. No fui capaz de
recordar quién era, ni siquiera, en un principio, qué tipo de
alumno fue, pero después de escucharle, recordaba perfectamente su
voz y sus ademanes, llegué a la conclusión de que fácilmente había
pertenecido al grupo de los macarrillas rebeldes.
Entonces,cuando
aún trabajaba, no me llevaba mal con muchos de ellos, incluso bien
dentro de una relación con mucho de mano izquierda. También
hubo otros con los que no conseguí cruzar la línea que impide vivir
con ellos o desde ellos situaciones lamentables, amargas o incluso de
puro enfrentamiento.
Ya
en Madrid fui a ver la exposición que hay en La Fábrica sobre uno
de los trabajos de la fotógrafa Sally Mann. At Twelve agrupa treinta
y cinco retratos de niñas en torno a los doce años en la década de los 80, los mimos años en los que fotografiamos a ese chaval argelino de expresión dura y amarga. Aparentemente
sencillas no son retratos al uso. Lo que transmiten sus miradas sobre
todo y sus gestos y posturas no es la candidez de la infancia sino el
acercamiento al ser adulto. Según dice el artículo sobre la
exposición hay casos en los que las fotografías están preparadas,
no son espontáneas, pero es lo mismo, Sally Mann transmite emociones
de diverso cariz en todas ellas. Algunas están cargadas de
sexualidad al estilo de Lolita pero lo que todas reflejan es la
inconsciente incertidumbre, a veces el temor o la aparente y casi
excesiva pero todavía no resuelta seguridad en sí mismas, ante su
creciente transformación en adultas. (Mis fotos desparecieron del blog y éstas de Sally Mann no tienen la resolución adecuada para disfrutarlas, lo lamento)
Y al salir recordé mi encuentro con ese alumno que ya abandonaba la adolescencia pero que aún conservaba rasgos similares a los que Sally Mann muestra en su trabajo. Un momento en la vida más difícil de lo que a veces creemos, duro e incomprendido, sobre todo porque así lo sienten ellos y eso es lo que importa, su realidad, no lo que proviene de la objetividad en la que nos basamos los adultos para juzgarles. O para ayudarles, y es que si no existe una mínima empatía hacia su verdad poco bien podemos hacer.
Este blog continúa aparcado mientras sus autora dedica parte de su tiempo a participar en la búsqueda de una democracia de la que duda si alguna vez existió. Dice Mika Waltari en Sinuhe, el egipcio: "Yo, Sinuhe, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos.... ... y cuanto se ha escrito lo ha sido por orden de los reyes, para halagar a los dioses o para introducir fraudulentamente a los hombres a creer en lo que no ha ocurrido. O bien para pensar que todo ha ocurrido de una manera diferente a la verdad." No hay más que añadir, es un texto de completa actualidad.
El cabo del terror (Lee Thompson, 1962)
nos introduce en la pesadilla de un abogado cuya vida tranquila
se ve alterada por la persecución a la que se ve sometido, junto a
su familia, por parte de un delincuente al que hace años llevó a la
cárcel. La película tiene un buen guión que falla sólo al final
cuando la acción sustituye a los diálogos y a un ambiente en el que
predominaba el terror psicológico, una actuación sobresaliente de
Robert Mitchum (cómo cambia la expresión de psicópata por la de
infeliz al verse acorralado en la última secuencia) y una estupenda
fotografía con un buen uso de luces y sombras.
La partitura está dentro del estilo
clásico de Herrmann, el que se ha escuchado principalmente en las
películas de Hitchcock. Una música acorde a su género por una
parte, pero también dedicada a la enfermiza mente del personaje
interpretado por Mitchum, y desde luego perturbadora.
Cuatro
notas descendentes componen el tema central que se escucha en la
obertura, primero por los metales y después por las cuerdas. Va
evolucionando a lo largo de la película en unas variaciones que
apoyan instantes de terror o de intriga o de acción .
En
el minuto 1,26, en la secuencia primera en Cape Fear convierte el
tema en un motivo lírico para pasar poco a poco, y de nuevo, al
ambiente de angustia y miedo. En este regreso al terror, en el minuto
4,45, las cuerdas, durante unos instantes, nos hacen escuchar el
chapoteo del agua producido por la barca que se acerca al refugio de
las protagonistas, un uso de sonidos onomatopéyicos como ya hizo en
otras de sus partituras, lo primero que viene a la memoria son los
violines de Psicosis en la escena de la ducha y la percusión que
daba vida a los movimientos de los esqueletos en Simbad y la
princesa.
El
tema principal se desarrolla durante más de diez minutos en la
secuencia final, aumentando tanto el ritmo como el tono en el momento
culminante de la pelea entre los personajes de Mitchum y Gregory
Peck.
Coincidiendo
con la muerte de Ray Bradbury, veo Fahrenheit 451, la siguiente
partitura de Herrmann que quiero comentar. Una sencilla casualidad..
Fahrenheit
451 (Truffaut, 1966) ha perdido parte de su valor cinematográfico en
lo que se refiere a la puesta en escena, no así en el
mensaje-denuncia de un mundo dominado por el igualitarismo trivial e
inculto al que lleva la ignorancia, la falta de capacidad crítica y
la incultura fomentadas por el Estado mediante el aislamiento, el
miedo o la violencia.
Durante
los años sesenta y setenta se produce un cambio importante en la
música de cine, el clasicismo va siendo sustituido en gran parte por
la utilización de melodías sencillas, aportaciones de otras músicas
como el jazz o el pop.... La música de Herrmann también evoluciona
hacia unas características más cercanas al impresionismo, como
sucede en Fahrenheit 451 o al jazz, caso de la partitura de Taxi
Driver.
El
ambiente futurista de la película precisaba, según el director, de
una partitura de igual signo. Por otra parte consideraron que la
banda sonora apoyaría más la historia si ofrecía un contraste
entre la gravedad de la situación narrada (el totalitarismo
reflejado en la quema de libros por un ejército de bomberos y la
caza de los lectores y poseedores de libros) y una música suave en
consonancia con el personaje femenino, una mujer militante pero
pacífica, tranquila e idealista al igual que el mundo en el que
viven las personas que han escapado a la persecución estatal y que
defienden la perdurabilidad de los libros aprendiéndolos de memoria.
En
los títulos de crédito está el Herrmann de siempre con su halo de
misterio y su atracción hipnótica en un estilo similar al de
Vértigo.
Un
Herrmann algo más diferente es el que acompaña el trayecto del
coche de bomberos y la quema de los libros requisados, apoyando la
acción con contundencia.
Emotividad,
paz, reposo en la parte más hermosa de la partitura, la secuencia
final, cuando vemos a los hombres-libro paseando, sentados o en su
intimidad. La fuerza que va adquiriendo al final refleja el triunfo
o, al menos, la fuerza de la libertad sobre el totalitarismo.
Taxi
Driver fue la última película para la que Herrmann compuso, murió
poco después de grabar su partitura.
Se
trata de la historia de un veterano de Vietnam que no soporta el
ambiente sórdido de las calles que transita de noche con su taxi, de
sus traumas, de sus intentos fallidos para integrarse en la sociedad
y de su camino inevitable hacia la violencia final. Es para mí la
mejor película de Scorsese cuya obra, en mi opinión y exceptuando
los documentales musicales, que no he visto, ha perdido calidad a
partir de la realización de Uno de los nuestros dejando dos
películas que, en contra de una buena parte de la crítica, me
parecen sólo pasables: Casino y Gangs of New York.
El
argumento de la película y el papel que juega en ella la ciudad
precisaba de una partitura cercana al jazz. Herrmann no había
compuesto anteriormente nada en este estilo y pidió ayuda a un
músico amigo: Christofer Palmer que arregló una melodía antigua de
Herrmann y que fue utilizada como tema principal. Es una melodía
maravillosa en la que el saxo, acompañando la soledad del
protagonista, hace que sintamos una cierta simpatía y comprensión
hacia éste.
En
contraste con la calidez de este tema está el que subraya las
dificultades psicológicas del personaje protagonista con un
importante uso del arpa y que también se utiliza, con una
estructura diferente, al final de la película.
Un
elaboradísimo fragmento es el que apoya la secuencia de los
asesinatos. Las sonoridades que varían desde lo sombrío de las
cuerdas, a la dureza de la percusión y al dramatismo de los vientos,
que utilizan en parte el tema principal de la película en un tono
más sórdido y desesperanzador, se alternan y se fusionan
introduciéndonos en el horror, la tensión y la angustia conseguidas
tanto por Scorrsese como por Herrmann.