25 de agosto de 2013

Viajando con Antonio: París


Sous les toits de Paris

Los cementerios siempre me han atraído. Ahora parece que se han puesto de moda y hasta se organizan circuitos turísticos en ellos. Incluso la Comisión Europea tiene creada una Ruta Europea de Cementerios.

Me gustan los cementerios escandinavos, integrados en las ciudades como un parque más por donde pasear, sentarse en un banco a leer, charlar o pasar un rato en dolce far niente o simplemente cruzarlo para dirigirse de un lugar a otro, una cercanía entre la vida y la muerte que puede ayudar a evitar el rechazo a la muerte propio de nuestra cultura que nos lleva incluso al punto de utilizar eufemismos o frases hechas cuando nos referimos a la muerte como “cuando yo me vaya” o “cuando ya no esté aquí”, a reconciliarnos con ella. En España también se empiezan a crear cementerios más acordes con la naturaleza y con la armonía y paz que les debería caracterizar.


Me gustan los pequeños cementerios de las aldeas y los pueblos españoles que existían antes de que el aumento del nivel de vida llevara a los vecinos a procurarse una residencia para el más allá que fuera acorde con su posición económica. Entonces ese cementerio de tumbas sencillas, con pequeñas lápidas o simplemente cruces clavadas sobre la tierra se llenaba de mármoles, grandes lápidas, esculturas fuera de lugar como sucede con esos enanitos que mucha gente coloca en la entrada o sobre el césped de su chalet.

Cementerio cerca de Xedré en 1976

Mi primera visita turística en París fue al cementerio de Père Lachaise. Fui sola, me lo tomé con calma y cuando me quise dar cuenta llevaba cerca de cuatro horas caminando por entre los muertos, los famosos, empezando por Abelardo y Eloísa, los que debían de serlo pero desconocidos para mí y los de a pie. Tengo que reconocer que también me gusta cotillear en los cementerios, ver con una cierta morbosidad las fechas del nacimiento y la muerte de los que están enterrados allí, leer alguna inscripción que no sea la de siempre, y si además me encuentro con la tumba de Chopin
o de Yves Montand y Simone Signoret, los dos juntos, unidos para siempre como se dice vulgarmente, pues aún mejor. La tumba de Jim Morrison, muy sencilla, está tan resguardada por la autoridad que ha perdido el encanto que debía de tener hace años cuando no había valla que la protegiera y todavía estaba su busto, la lápida llena de grafitis y ofrendas de todo tipo, Tumbas más convencionales, solo lápida e inscripción como la de Colette o la de Proust. Sencillas como la de
Yves Montand y Simone Signoret, Marcel Marceau o Chabrol, O con una aspecto más artístico como la de Chopin o Delacroix. No sabía quién era Mano Solo, un cantante francés, según dicen bastante comprometido socialmente, pero me llamó la atención su tumba por las ofrendas y las inscripciones. 






Las esculturas del Memorial de Auschwitz me impresionaron y me recordaron la visita hace años a ese campo de concentración.




Después de visitar el de Soweto en Sudáfrica no he sido capaz de volver a visitar nada que tenga que ver con holocaustos.

Detalle de la tumba de Chopin

Detalle de la tumba de Marcel Marceau

Lucía y Quique estaban también en París en un piso cercano a la Place d'Italie que habían intercambiado por el suyo de Lavapiés. Es una buena y barata posibilidad la de intercambiar casas. Llevan tiempo haciéndolo y siempre les ha ido bien. Con ellos paseamos por el Barrio Latino, el Jardin des Plantes y fuimos a Fontenebleau. No estaba segura de visitar el palacio, mi idea era pasear por el bosque pero al final me animé. Sin llegar a ponernos de acuerdo la cosa fue discurriendo solita, comimos nada más llegar en el parque lo cual derivó en un café y éste a su vez en la visita al palacio que era menos cansado que el paseo. Y allí nos fuimos los cuatro. Me vino genial la compañía de Quique porque me dio un repaso a la historia de Francia que combinada con la exposición Hugo político en la casa de Víctor Hugo, otro lugar imprescindible que vi más adelante, me puso al día. No me arrepentí dela visita al palacio. Es una maravilla.


Yo ocupaba un apartamento cerca de la Place de des Vosges. Un lugar encantador, con personalidad, tranquilo. Mucho mejor que un hotel para disfrutar de ratos de descanso, lectura, poder comer más barato y mejor. Fue una muy buena idea la que me dio Lucía. Allí terminé con el Romance de Genji, una novela escrita por una mujer que vivió en el siglo XI en Japón y que me ha entusiasmado por su delicadeza, poesía, originalidad, y sus personajes tan bien construidos. También leí El splin de París, de Baudelaire, que me pareció interesante pero muy irregular.


Un buen contratenor en la Place des Vosges

Fui al Louvre con la intención de ver algunas obras concretas de Rembrandt, Van Dyck, Delacroix, Poussin, Jordaens, Vermeer, Hals, Watteau, La Tour... y Giotto al que no conseguí encontrar. A mi pregunta sobre su localización un par de encargados de sala, en medio del tumulto que formaban las visitas organizadas de japoneses y de chinos (ya decíamos hace unos cuantos años, cuando estuvimos en China, que el día que empezaran a viajar los chinos tendríamos que quedarnos en casa) no se fijaban más que en la sílaba Gio y me mandaban a la sala donde me había propuesto no entrar, la de la Gioconda. Imposible moverse en la primera planta. Multitudes haciendo fotos y posando delante de los cuadros. En cambio en la segunda planta pude ver tranquilamente todo lo que me interesaba. Rembrandt, Van Dyck, La Tour...no tenían ante ellos más de cuatro o cinco personas.



El domingo, a pocos pasos de la salida del metro nos deslumbra una explosión de colorido. Es la plaza del barrio de Saint Denis en la que se ha instalado el mercado. Gran cantidad de puestos con mercancía de todo tipo ocupan la plaza. Mujeres y hombres de origen marroquí, senegalés, indio, andino... muchos de ellos, sobre todo mujeres visten ropa tradicional de sus lugares de origen. En algunos puestos se venden prendas propias de estos países. La mezcla de los trajes, vestidos, turbantes, pañuelos con los colores de los puestos de ropa y de frutas me impulsan en un primer momento a sacar la cámara, pero no, es demasiado descarado, el mercado está a rebosar y no me parece correcto. Lástima de ocasión perdida. Paseamos entre los tenderetes aprisionados casi por esta multitud que hace su compra semanal o aprovecha para reponer su ropa o darse un capricho comprando pendientes o pulseras.


A pocos metros más allá de la plaza la hermosa fachada gótica de la basílica de Saint Denis está en parte cubierta por andamios y carteles pero aún así es digna de contemplarse. Antonio, que hoy ejerce de cicerón al completo sin que yo le frene con mis opiniones y sugerencias, me aconseja, una vez dentro de la basílica, que visite la cripta. Y eso hago. Maravilla de las maravillas esta iglesia por dentro. En el coro, el deambulatorio y la cripta están las tumbas de los reyes de Francia. Más que por su interés histórico o su valor artístico me gustan por varios detalles esculpidos en las bases (perdí las fotos), o por los cuerpos desnudos representados en algunas de ellas. Bajo a la cripta, la leve iluminación da un toque de acogedora autenticidad a las cámaras en las que están las sepulturas. Hay poca gente, y eso también ayuda a sumergirse en el pasado que al fin y al cabo es lo que a mí más me gusta de las “piedras”. Antonio comentaría que si la basílica estuviera más cerca del centro de París, no se podría dar un paso, suerte que San Denis decidiera traerse su cabeza desde Montmartre, donde fue decapitado, hasta aquí.






Para terminar de completar el paseo encontramos cerca del centro pero fuera ya de la zona turística un restaurante marroquí con su couscous, sus diferentes tipos de carne, expuesta para que elijas lo que más te apetezca y te la asen al momento y... su falta de cerveza. No se puede tener todo.

El extraordinario museo de Cluny al que tendré que volver, la casa de Delacroix, unas horas descansando y leyendo en los jardines de Luxemburgo y la cena de despedida con Antonio, Lucía y Quique cerraron mis quince días de escapada de mi huerta de El Chorrillo. Alberto me la dejó bien linda, con nuevas lechugas, coles y fresas.




20 de agosto de 2013

Viajando con Antonio: Bruselas




Carlos emperador de Austria,1ª guerra mundial, ¿beatificado?

Esto es lo que encuentro en las escuetas notas que tomé en Amsterdam y en Bruselas. Ni idea de cómo ni dónde me encontré con el emperador austrohúngaro. He buscado en Internet, he recorrido mentalmente mis paseos por las dos ciudades y nada. La cuestión es que Juan Pablo II le beatificó por su vida cristiana, por haber curado unas varices a una monja y por haber intentado que su reino saliera de la primera guerra mundial (dicen), pero al Papa y su curia se les olvidó que utilizó durante la guerra gases letales e intentó recuperar el trono en varias ocasiones utilizando métodos no demasiado cristianos (dicen). Mi curiosidad ha quedado satisfecha a medias, lo que me gustaría es recordar por qué me surgió la pregunta.

Antonio y yo continuamos en sana compañía, sin un solo conato de discusión, lo cual no es fácil cuando dos personas pasan por primera vez 24 horas juntas durante quince días. Bueno, llevábamos siete, aún podría surgir alguna pequeña divergencia. No siempre me ha ido bien viajando con otras personas que no fueran mis hijos, por razones obvias, o con Alberto, mi pareja desde hace casi cuarenta años. Una buena convivencia se basa en el respeto y, cuando se viaja, también en el grado de independencia que tenga cada uno de los viajeros. Ambas cosas me las he encontrado en el caso de Antonio y en el de otro amigo, Michele, con el que viajé por México hace unos cuantos años.

Sólo visité dos museos en Bruselas, pero no los pude elegir mejor, disfruté muchísimo tanto en el Museo de Arte Antiguo como en el de instrumentos musicales. En este último cuatro plantas estaban destinadas a instrumentos de todas las épocas y de todos los continentes con la ventaja de que a través de una audioguía podía escuchar el sonido de cada uno de ellos. Ese día Antonio se fue a Brujas y yo, que recordaba bastante esa ciudad preferí quedarme a ver el museo y a darme un paseo por lo que yo creí que era un barrio en el que las edificaciones pertenecían al estilo Art Nouveau y que resultó ser sólo una parte de París con algunas fachadas de ese tipo y otras, quizá interesantes pero sin alcanzar lo que hubiera visto si me hubiera fijado más en las indicaciones que me habían dado.




En el Museo de Arte Antiguo me encontré con San Sebastián, martirizado como tantas veces. En esta ocasión, una pintura de Memling. Casi todas las representaciones de San Sebastián y su martirio que he visto tienen un grado alto de erotismo. En el caso del cuadro de Memling sucede lo mismo, Obviando la expresión del rostro y la actitud elegante pero algo forzada de los brazos y atendiendo a la tenue curva de las caderas con el pantalón deslizándose suavemente hacia abajo permanecí un buen rato ante el cuadro hasta que, escuchando la opinión de quien no veía nada erótico en la escena, intenté explicarme pero ya se sabe que cuando se dan razones sobre lo que se siente o se percibe, eso que antes se miraba con tan buenos ojos se disuelve.

Juro que la postura y actitud del santo es así, como la he descrito, y me veo en la necesidad de jurarlo porque entro en internet, busco la obra y desmerece tanto la fotografía de la realidad que casi me arrepiento de lo que acababa de escribir y por supuesto, me arrepiento de haberla buscado. También debo aclarar que desde que era pequeña el cuerpo de San Sebastián me ha transmitido sensaciones que en mi niñez no sabía explicármelas pero que me encantaban tanto que, quizá algo inconscientemente, buscaba la forma de vivenciarlas. La culpa (len este caso al término culpa le quito el sentido negativo que le acompaña) la tuvieron las monjas. Ignoro la relación que tendrían ellas con San Sebastián y no quiero incurrir en falsos testimonio, que es pecado, pero todos sabemos...etc, etc,; es muy aburrido hablar del tema. La cantidad de veces que leí su historia entre todas aquellas que teníamos obligación de leer (culpa de nuevo de ellas) en los ejercicios espirituales con tanto niño y tanta adolescente torturados con todo lujo de detalles me producían miedo, angustia pero también mi cuerpo sentía un algo nuevo y extraño para mí.
Vamos que os invito, a los que no os identifiquéis con lo que digo, que seguro que los y las hay que sí. a que tecleéis martirio de San Sebastián en imágenes y ya veréis si tengo o no razón.

San Juan tiene un rostro totalmente actual en en La lamentación por la muerte de Cristo, de Petrus Christus, en el que la Magdalena aparece en un rincón del cuadro, sola, con el frasco de ungüento, inservible ya, a un lado, rumiando su dolor alejada del grupo principal en torno a Jesús y a la Virgen.
Ambos personajes son los más reales y cercanos de los que forman parte del lienzo. Y de ellos me quedo con la Magdalena, aislada, de espaldas a la terrible escena y a los demás teniendo junto a ella el objeto símbolo de su primer encuentro con Jesús. Es mi interpretación, probablemente diferente o incluso opuesta a las de los estudiosos del cuadro, pero al fin y al cabo lo que cada uno vemos o escuchamos en las obras de arte lo matizamos según somos o según nuestras circunstancias del momento, y eso es lo que nos vale y nos aporta en ese instante.

No sabía de la utilización por parte de Brueghel el Viejo de los símbolos que aparecen en los cuadros del Bosco. En La caída de los ángeles rebeldes tanto las figuras como los símbolos de los vicios, las virtudes e incluso los propios ángeles están inspirados en los cuadros del Bosco. No recordaba El triunfo de la muerte que está en el Prado y en el que acontece lo mismo.

Y uno de mis favoritos, Van Dyck, pero sólo en los retratos. Sus personajes hablan directamente al espectador y parecen esperar su respuesta. En el Prado hay un autorretrato que forma parte del cuadro:Sir Endymion Porter y Anton van Dyck que me enamoró, no por la belleza del pintor, que creo no es para llegar a tanto, sino por la complicidad que expresaba su mirada y que parecía estar dirigida exclusivamente a mí, es ahí donde radica esa cercanía que presentan sus retratos en general.




Pocos días en Bruselas, hace años que estuve con Alberto y nuestros hijos pero sólo nos dimos un paseo por la maravillosa Grand Place y las calles de los alrededores. Habrá que volver, no sólo por lo que pueda tener de interesante sino por su ambiente, más cercano a nosotros que el de Amsterdam.






18 de agosto de 2013

Viajando con Antonio: Amsterdam



Después de cuatro años sin moverme de El Chorrillo salvo dos o tres escapadas a Toulouse he vuelto a viajar aunque esta vez ha sido un viaje aburguesado, nada que ver con mis andares por otros continentes macuto a la espalda, ni siquiera con los viajes por Europa en furgoneta. Vamos, que no ha sido propiamente viajar, más bien pasearme por tres ciudades, Amsterdam, Bélgica y París, utilizando hotel o apartamento, tren de alta velocidad (maravilla de las maravillas eso de poder elegir los días con ofertas baratas) y algún que otro restaurante. Y por primera vez compartiendo muchísimas horas con mi amigo Antonio.







Había estado en Amsterdam en el 84 cuando nuestro hijos tenían cinco y siete años. Viajábamos en una furgoneta comprada de segunda mano y que anteriormente había estado dedicada a transportar durante años, creo recordar, pescado, lo que hizo que nos costara bastante trabajo prepararla para vivir los cinco en ella durante los meses de vacaciones. Quedó preciosa (por dentro, se entiende) y muy bien adaptada a las necesidades tanto de los peques como de las nuestras. Duró unos cuantos años hasta que un día, cerca de Talavera se paró definitivamente lo que derivó, en el verano siguiente, en la primera travesía de la alta ruta de Pirineos para lo que evidentemente no necesitábamos más que las piernas.


Así de jovencita era yo entonces

En el Museo Van Gogh, mis tres churumbeles y yo, entonces no había tanta gente

No escribí nada durante aquel viaje por Holanda y Escandinavia y mis recuerdos de aquella estancia en Amsterdam son sólo imágenes aisladas: un parque en el que dormimos y del que nos echó la poli por la mañana temprano, los canales, algún molino, las visitas a los museos de Van Gogh y Stedelijk y, sobre todo, el puente sobre uno de los canales desde el que Mario jugaba a pescar y donde Guille hizo un dibujo que, traspasado a madera, sigue decorando los bajos de la cama que perteneció a Mario. 





Así que en gran parte éste de ahora ha sido un primer viaje a Amsterdam, ventajas de ser una desmemoriada. Cuatro días de paseos con lluvia, frío, sol, calor asfixiante, así que conocimos la ciudad en todas sus posibilidades climáticas.





En el Rijksmuseum Rembrandt anciano parece decir que así es la vida, que lo que hay no es lo esperado, las ilusiones desaparecen y queda un poso de tristeza y escepticismo. De Vermeer me gustan las escenas cotidianas e íntimas como en La mujer leyendo una carta. Franz Hals siempre me ha hecho disfrutar a través de sus retratos, tanto individuales como colectivos, personajes llenos de vitalidad y naturalidad, captados, como si de una fotografía se tratase, en momentos precisos de su actividad habitual. Pero también las pequeñas obras de Pieter de Hooch a través de las que puedo acercarme a la vida diaria de los holandeses del XVII.

Llueve en cantidad y llegamos chorreando al barco-hotel. Tiene una parte común, luminosa y agradable donde tomarte un café y leer tranquilamente y una terraza de la que podremos disfrutar las dos últimas noches ya sin lluvia ni frío.




¿Y qué comemos al día siguiente de nuestra llegada? Compartimos una ración de chorizo frito, unas sardinas a la plancha, y champiñón al ajillo que a pesar de servírnoslo en una tasca española tiene encima un gruesa capa de queso que tapa totalmente el sabor al ajito frito que esperábamos. Me decido a entrar con Antonio al museo Van Gogh. Tenía un recuerdo muy claro de este museo y dudé entre él y el del trópico por esa afición a la historia que mantengo. No había días para todo lo que podía interesar, la próxima vez. Antonio que está enamorado hasta la médula de Van Gogh no sale del museo hasta que le echan, yo espero fuera rodeada de españoles y latinoamericanos.
¡Ah! Y no olvidar la preciosa e interesante casa de Rembrandt.





Por la noche escucho a Bostridge en los liederkreis de Schumann. No acaba de gustarme este tenor, me deja fría con su timbre monótono. Sí disfruto con Gregory Kunde y su disco In Love and War.









7 de julio de 2013

Reflexiones viajeras: Pakistán


Escultura de Vigeland en Oslo 1995

El texto lo escribí en 1999 en Shiraz, tras cruzar la frontera entre Pakistán e Irán. Los datos pueden haber cambiado algo pero creo que el fondo es de completa actualidad y aplicable no sólo a los países gobernados desde el islamismo radical sino también a otros radicalismos  religiosos e ideológicos que de manera similar, aunque menos aceptados como tales, favorecen la discriminación, el miedo, la distinción de clase, la falta de sentido crítico. No tenemos mas que mirar a nuestro alrededor.


"¿Qué camino recorren las percepciones, cómo provocan sentimientos o pensamientos dispares? Sin necesidad de actos concretos a veces basta una mirada, una postura, para despertar nuestra afectividad o nuestro rechazo. ¿Cuántas cosas se le van presentando a esta percepción en su camino? ¿El propio orgullo, el análisis social, el grado de cansancio ante una civilización, unas costumbres, educación, cultura que chocan con la nuestra? En Pakistán hay un 25% de alfabetización, un 15 entre las mujeres. En el departamento del tren viaja con nosotros una familia, pareja con dos niños entre tres y cinco años. Por la noche el padre atendía cuidadosamente a sus hijos bajando y subiendo a las literas, llevándolos al servicio, mientras la madre dormía. Me gustaba. Ahora me siento empalagada por esa atención, solicitud agobiante hacia sus hijos. Les da un biberón, les acerca un plátano para que vayan comiendo. El extremo opuesto de la calle. Cuando un vendedor de calle se sienta enfrente de la puerta del compartimento la cierra sin consultar a nadie, la abre de nuevo cuando se ha ido. A la hora del desayuno se aposentan tranquilamente ocupando el espacio del iraní que ha bajado a pasear al andén. Veo en la mujer, y también, aunque menos, en el hombre un gesto de suficiencia desagradable. Somos de aquí, de un país con armas nucleares, buenos frente a los malos indios, no sabemos leer ni escribir pero no importa, tenemos claro que Cachemira es nuestra, que somos musulmanes y llevamos razón en nuestras creencias; mujeres hermosas bajo sus fundas de saco de patatas, libres recluidas en las casas de sus esposos, felices (?) de que las hayan salvado del oprobio en el que vive la mujer occidental; no importa que los trenes sean los mismos que utilizaban los ingleses y que estén en la misma situación en que los dejaron, ni que la mierda brote por doquier en las ciudades, somos musulmanes, no nos gustan los saris, esos saris multicolores que iluminan las calles y los campos llenos de la misma basura, mucho más hermoso una tela oscura que cubra por completo esa posesión exclusiva nuestra mientras las estaciones, los paseos de los pueblos, los establecimientos están llenos de hombre solos, que hablan desde la seguridad viril que les proporciona sentirse dueños de lo que les rodea y estar en la verdad, hombres que pasean cogidos de la mano, que se abrazan tiernamente porque son así de cariñosos y ¿quién sabe si porque sólo conocen a esa mujer que tienen guardada en casa? Bella porque está oculta, feliz porque está a salvo de peligro de la vida que pulula fuera de sus cuatro paredes de adobe y de tela; ni siquiera ha tenido que molestarse en decidir en qué lado de las paredes quiere estar. Revoltijo de sensaciones e ideas sobre un país que parece ir hacia abajo sin posibilidad alguna de salvación. Mientras un extraordinario paisaje de arena, pequeños oasis, ocres, verdes, grises, bajo un cielo uniformemente azul cielo aparece como ajeno a toda esta miseria social y personal que le ha tocado mantener en su suelo."

Vancouver 2001

Vaticano 2009
Vaticano 2009

30 de junio de 2013

Reflexiones viajeras: Mallorca




Viajar sola significa estar de verdad conmigo misma. No pienso en mí, me siento. Me acostumbro a vivir conmigo y encuentro placer en ello. Aprendo a quererme porque dejo libres mis sentidos.

Veo el fuego, lo sigo, siento su calor, oigo el silencio de los demás, veo su pelo rizado y sus ojos azules, ojos que punzan con toda su carga como una aguja, pero suave y sin dolor, casi cosquilleante.

Apenas se habla. Tienen su mundo particular, dentro. Sobre todo ella. Flota por la casa sin apenas hablar. De cuando en cuando esparce una sonrisa que atrae por el contraste con su casi permanente seriedad.


Sentimientos nostálgicos con sabor a río, a playa.



24 de junio de 2013

Armonía. Imposible llamarla





Hay ocasiones en que un poema me gusta por su ritmo, o por el sonido de sus palabras, o por lo que dice. Otras veces llega más adentro porque me emociona, o porque gracias a él descubro algo nuevo, o incluso porque me llena de angustia su amargura o su desaliento. Pero... ¡ay si una armonía, una melodía común existe entre él y yo!



Imposible llamarla.
Yo no dormía. Ella
creyó que yo dormía.
Y la dejé hacer todo:
ir quitándome
poco a poco la luz
sobre los ojos.
Dominarse los pasos,
el respirar, cambiada
en querencia de sombra
que no estorbara nunca
con el bulto o el ruido.
Y marcharse despacio,
despacio, con el alma,
para dejar detrás
de la puerta, al salir,
un ser que descansara.
Para no despertarme,
a mí, que no dormía.

Y no pude llamarla.
Sentir que me quería.
Quererme, entonces, era
irse con los demás,
hablar fuerte, reír,
pero lejos, segura
de que yo no la oiría.
Liberada ya, alegre,
cogiendo mariposas
de espuma, sombras verdes
de olivos, toda llena
del gozo de saberme
en los brazos aquellos
a quienes me entregó
- sin celos, para siempre,
de su ausencia-, del sueño
mío, que no dormía.

Imposible llamarla.
Su gran obra de amor
era dejarme solo.

Pedro Salinas
La voz a ti debida
1934