23 de diciembre de 2007

Luna llena

“No hay nada comparable a la dulzura del sueño cuando llega junto al ser que amamos” dice Houellebecq.






¡Cuántos momentos cotidianos y sencillos se nos escapan en el correr de los días! Sin embargo qué fácil es encontrarlos cuando me siento fuera de casa con la luna allá arriba, una luna llena y redonda como la de esta noche. ¿Qué es lo que realmente me importa por encima de todo? Más allá de dejar de trabajar, de los malos humores provocados por la sensación de impotencia en mi trabajo con los chavales, sentimientos que me rondan casi continuamente en estos días, está eso tan sencillo como compartir un lecho, el sueño, los quehaceres cotidianos, los momentos melancólicos.

Dejar de trabajar: Un futuro que últimamente está más presente en mis pensamientos. En marzo voy a pedir un permiso sin sueldo y en julio una excedencia que pretendo unir a la jubilación, con lo cual dejaría de trabajar a mediados de marzo. Aproximadamente dos meses y medio, aproximadamente 10 semanas, aproximadamente 50 días, aproximadamente 180 horas de clase más 50 de presencia en el centro para otras cosas.
No son buenos tiempos para la enseñanza. No tengo problemas importantes, es decir, no me insultan ni se tiran a mi yugular ni me graban en vídeo, ni me ponen la zancadilla (aunque a alguno seguro que le apetecería un montón) y controlo bastante, pero veo que mi esfuerzo se evapora, ya no enseñamos, ni siquiera podemos educar, tenemos en contra todo: muchos padres, el ambiente, los medios de comunicación, las leyes... puede que la gente más joven, que empieza ahora esté más cerca y sepa cómo utilizar el material sobre el que trabajamos más adecuadamente; no lo sé, conozco jóvenes muy implicados y con marcha y ganas, pero son muy pocos, la mayoría parece que llegan con la idea de sobrevivir. Soy bastante pesimista en ese sentido, a veces, más que de mal humor o cansada, salgo del trabajo apenada, decepcionada...



Alpes



Cervino


Es importante tener tiempo, que es lo que yo quiero comprarme a partir de Semana Santa; tener tiempo y estar vivo para lo bueno y para lo menos bueno. Y no sólo está el viajar, hay otro montón de cosas apetecibles: la música, escribir, leer, charlar con los amigos, pasear, ir al cine o ver una peli en casa a lado del fuego de la chimenea, fotografiar lo que te llega a los sentidos, tocar el piano, aprender inglés, esperar la llegada de una nieta, ir al teatro a ver a Rosa, visitar la cabaña donde viven Mario y Paula, acompañar a mi madre al médico, escuchar a Lucía renegando del impresentable colegio donde trabaja, desear que Guillermo apruebe las oposiciones, mirar con cariño cercano a Quique cuando le vienen los malos momentos, permanecer en silencio cuando mi chico dice que está “blandito”, aguantarse el miedo cuando Mario y Paula dicen que se van a mover por el sur de Méjico con un carro y un burro y decirles que son cojonudos...




Mont Blanc

Hoy estoy sola en casa, me gusta y lo necesito de vez en cuando. Y preparo la nochebuena, una nochebuena sencillita en la que estaremos juntos casi todos: abuelos, hermanos, sobrinos, hijos... menos Lucía y Quique que acabarán de aterrizar en Marruecos.

¡Feliz Navidad!


16 de diciembre de 2007

Otoño

Atacama, Chile


Parece que mi blog tiende últimamente a la melancolía, a los recuerdos. ¿Será culpa del otoño?

Los tonos ocres, amarillos, naranjas, azules del frío amanecer y fucsias y violetas del final del día velan el otoño de Gedrez, el más intenso en mi memoria. Hoy mi parcela está cubierta de hojas muertas; no asocio la muerte con la falta de belleza. Cuando miro los árboles que poco a poco se van desprendiendo de su vida de verano me confundo con ellos, me siento parte de la naturaleza, del ciclo de vida y muerte y nueva vida que se repite una y otra vez.


El otoño es una estación preciosa, llena de colores variados, igual que mi vida en este momento también otoñal.

Los años de mi niñez y de mi adolescencia son bellos pero teñidos sólo de tonos verdeazulados, casi siempre en la espera del lo que llegará después. Los colores de mi verano personal son llamativos, casi estridentes; están llenos de búsqueda, de una búsqueda agitada; esos momentos difíciles eran pasos hacia delante que iban preparando lo que es mi vida ahora; años en que los problemas, la falta de experiencia en tantas cosas, la inseguridad no propiciaban el estar en compañía de una misma tranquilamente sintiendo el paso del tiempo. Mi otoño de ahora también está a la expectativa pero de una manera pausada, mucho más suave, como sus colores. Esta es mi impresión de hoy, de estos días en que, salvo en el trabajo, no tengo más contacto que el de mis perros, mi parcela y yo misma. Estoy en el final de estación que anuncia el invierno, un invierno desconocido, al que procuraré no vestir de gris.


15 de diciembre de 2007

Pues sí...


En ocasiones parece que el tiempo se escapa de las manos, no velozmente, sino lento, pesado, como una antigua locomotora, herrumbrosa, jadeante que parece no poder avanzar más, y, sin embargo, continúa andando y alejándose terca y obstinada.





La melancolía tiene un puntito agradable. Hay un silencio enorme, sólo los pájaros lo interrumpen; la luz difusa, la temperatura confortan. Vivimos en un país perfecto, además de maravilloso en su paisaje, el clima es como nosotros; nos acompaña con su frío, su calor, su apacibilidad como la de hoy; me identifico con el frío del invierno, me gusta sentir el aire en la piel, y del mismo modo con el calor, las gotas de sudor me recuerdan mis caminatas por la montaña percibiendo la energía de mis piernas y otro sudor humedeciendo mi cara, imagen del esfuerzo por impregnarme de vida.

Muerte en Venecia es una extraordinaria representación de lo que digo, la humedad de las calles, la luz cálida de la terraza del hotel frente a la brillantez de la playa y, sobre todo la escena final, el rostro de Bogarde en el que se mezclan la tristeza, la melancolía, la pasión por la belleza que le llega a través de la figura de Tadzio al fondo, junto al mar posando para él como una estatua griega. Su rostro surcado por los hilos negros del tinte con el que intentaba ocultar la decrepitud que formaba parte indisoluble de su vida, como la de la ciudad, una pasión antítesis de la vida rutinaria y superficial de los habitantes del hotel, ridiculizados agresivamente por los músicos callejeros del pueblo. Choque entre la enfermiza elegancia de unos y la violenta tosquedad de los otros.

A veces me duermo con el arrullo de la melancolía, en el calorcito de lo ya alcanzado, y los retos se convierten en una repetición superficial de lo ya vivido. “...la plenitud del hombre rebelde a toda limitación” dice Rómulo Gallegos en Doña Bárbara. A veces me detengo en el rellano de la escalera y monto en él mi habitáculo. Los escalones siguientes desaparecen de mi vista. Y, sin embargo, es preciso subir para seguir viviendo.



La expresión de Juliette Binoch al final de El paciente inglés es la de esto es lo que hay; pero sonríe, sonríe después de un drama en el que la vida íntima, el amor y la muerte es lo único que tiene sentido. La historia se sitúa durante la segunda guerra mundial, los acontecimientos son los que marcan el drama pero el fondo es común a cualquier época y circunstancia. Es triste y bello a la vez.



La vida no tiene una definición, un significado inequívoco e inmutable. De hecho, no existe hasta que no vamos viviéndola, se crea a la vez. Lo contrario es deslizarse por el tobogán, con todos los obstáculos que puedan surgir, pero encajados entre los dos barandillas laterales para evitar caer fuera del carril.


25 de noviembre de 2007

Nuestra casa rodante

La Kabilia, Argelia

Durante varios años viajamos en un R4 furgoneta. Los fines de semana, vacaciones, cualquier posibilidad de viajar la aprovechábamos. Estaba preparada para cocinar, dormir y cobijarnos en los días de lluvia. Todo estaba distribuido ajustadamente, imposible desperdiciar un milímetro. Era una obra de arte en la que la imaginación y la precisión se unían.


Marruecos


Su primer viaje fue a Yugoslavia; entonces aún no habían nacido los mellizos y Guille compartía el asiento trasero con un par de amigos, Ricardo, especializado en beberse la leche de Guille y Santiago al que recuerdo dando órdenes de cómo debíamos poner la tienda mientras con las manos en los bolsillos se paseaba tranquilamente mirándonos trabajar. En una moto viajaban Ángel y un amigo suyo que militaba en la ORT y que daba por supuesto que yo, única mujer de la expedición, iba a cocinar para todos día tras día; en Sete, la primera parada que hicimos, cayó bruscamente, y no por propia iniciativa, en la cuenta de que aquello no iba a ser así.


Argelia


Dos años después Mario y Lucía comenzaban a explorar el mundo más allá de Asturias donde un año antes habían nacido. Cruzamos el desierto norteafricano. Por aquel entonces no había pañales en los comercios de Argelia y teníamos que lavar los de tela, nuestras coladas eran fabulosas; tanto como lo era la amabilidad de la gente del desierto y el mosconeo de los chavales alrededor del coche. Luego vino la diarrea de Mario, el médico en Sfax y los días de descanso junto al mar en una playa de Túnez.


Túnez


Argelia


También con ella viajamos a Escandinavia donde comprábamos la comida mirando los precios en lugar de los artículos; Holanda en cuya frontera con Bélgica nos la vaciaron en busca de droga mientras los guajes, de 5 y 7 años miraban asombrados a aquellos señores que iban sacando fuera del coche los libros, los juguetes, los cacharros... y abrían la crema del sol buscando algo que tanto podía estar allí como entre sus ropas o en el azúcar o la sal.


Pirineos, Portugal, París...

Su último viaje fue un recorrido por los Alpes, Austria e Inglaterra. De entonces son las imágenes de un Munich en el que durante siete días llovió a cántaros y de nosotros cinco metidos en nuestra casita rodante jugando, leyendo o escribiendo en una máquina que milagrosamente encontró su hueco entre los triciclos, camiones y la guitarra de Guille que ya hacía sus pinitos musicales.


Al año siguiente Lucía y Mario habían crecido como para no caber en los estantes traseros que fueron sus camas durante aquellos ocho veranos.

24 de noviembre de 2007

Me gusta la vida

Malawi

Me gusta ir a su cama por las mañanas y arrebujarme bajo el edredón pegadita a su cuerpo, olvidarme del reloj y levantarme contenta sin mirar la hora.


Mi paladar, mi lengua, mis labios me piden una fruta fresquita; mi mano se pasea entre los kiwis, pomelos y naranjas de la cesta de mimbre y escoge una mandarina de piel gruesa, casi roja; me gusta pelarla, separar sus gajos, retirar la piel de su interior, darle chupetones y exprimir su jugo de forma que su sabor llegue a todos los rincones de mi boca.


Los sábados, después de comer, me gusta tomarme un coñac sentada frente a la parcela, mirar a Curri cómo acaricia con su cabeza la de Andy, le lame las orejas y salta sobre ella para seguir después su paseo entre los sauces mientras Andy queda quieta, impasible mirando al infinito.


El Chorrillo


Me gusta bajar a la cabaña a media tarde y encontrarme con él, al principio no suele hacerme caso, está enfrascado en su tarea, ahora sentado frente a la pantalla del ordenador investigando la cartografía de Lanzarote, trabajando sobre un mapa, trazando el camino de ayer por la Pedri, con el GPS encima de la mesa. No me mira, sabe que estoy ahí y me cuenta, o simplemente habla en voz alta, sobre lo que hace. Cuando se vuelve hacia mí le digo lo bien que me siento los fines de semana sin moverme de casa, le hablo del inglés que he repasado, de mi idea de volver a tocar el piano.


Me gusta fumar un cigarrillo mirando la luna.

Me gusta hablar con mi amigo Conrado. Su conversación es apacible, sugerente, siempre interesante. Y me gusta sentarme junto a él porque es cariñoso, tierno y afable.


Guanajuato, Méjico


Me gusta el cine. El hombre que mató a Liberty Valance, anoche antes de irme a dormir sola porque me gusta ir a su cama por las mañanas, meterme bajo el edredón sin despertarle y seguir durmiendo junto a él.



29 de agosto de 2007

Narrow Street

Zanzibar, 29 de agosto




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Passion, bonito nombre el del zumo con que comenzamos hoy nuestra comida. El dueño del restaurante insistió en que lo tomáramos; después nos enseñó el fruto, rugoso, de un color parecido a la granada. Estaba muy rico. El hombre, un árabe entrado en años, explicaba con ademanes llenos de expresividad la riqueza en fruta de la isla y la inercia del gobierno que según él no la aprovechaba para la exportación. La pasión que ponía en sus palabras cuando cogió con determinación el menú y explicó las delicias de un plato de pescado nos libró de tener que pensar qué comeríamos, él decidió por nosotros con simpatía y profesionalidad.

Mientras, en el ciber de al lado la encargada se recostaba lánguidamente sobre el respaldo de una silla tecleando con desgana en el tablero del ordenador, apenas se la oía cuando hablaba.






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Todas las tardes, justo antes de la llamada del muacín a la oración, pasan por debajo de nuestra ventana un numeroso grupo de hombres corriendo y gritando, llevan una bandera y, algunos de ellos, escritos del tamaño de un folio a modo de pancarta. Son todos hombres y jóvenes; poco después se oye una sirena. El hecho me tiene algo intrigada, no sé si el tema de sus voces es religioso, político o tiene que ver con el fútbol. Sea cual sea hay pasión en ello, la pasión que no se vive individualmente, que agrupa, arrastra haciéndonos masa.
Las mujeres que sirven el desayuno en el hotel, arrastran las palabras y las chanclas, se mueven con lentitud bajo túnicas y velos. La desgana y la falta de iniciativa aparecen con mucha frecuencia en las mujeres musulmanas.
Esta mañana nos cruzamos con una niña de unos ocho años cubierta por completo con un chador negro, sólo la carita y las manos eran visibles. ¿Cómo se verá el mundo cubierta desde pequeña de la cabeza a los pies? Y ¿cómo verá su cuerpo? Conozco mi cuerpo desde que era pequeña, le he visto crecer, acoger a mis hijos dentro de él, engordar, adelgazar, conozco el lugar exacto de las cicatrices y voy aceptando unas veces con cariño, otras con orgullo, en ocasiones con resignación el aspecto que le van aportando los años; pero no sólo es eso, es que también le he vestido y, dentro de mi no muy desarrollada coquetería, le he adornado, me he preocupado de mi apariencia para gustar, para respetar, para sentirme a gusto con él. ¿Se podrá disfrutar de un cuerpo que hay que esconder? ¿Se podrá sentir con pasión el tacto de otro cuerpo en cuyo acercamiento no se ha participado?

Hace años, en Turquía me molestaba enormemente la visión de las mujeres envueltas en el chador o el tener que sentarme donde me ordenaran para no estar a lado de ningún hombre. Tiempo después lo miraba con respeto (por supuesto no hablo del uso del burka ni de la situación de las mujeres que vi en el norte de Pakistán, algo inadmisible para mí desde el principio) e incluso, para compensar de alguna manera el radicalismo de muchos de mis alumnos, cargaba algo las tintas en la defensa de la diversidad de estas demostraciones religiosas o culturales. Ahora vuelven a producirme rechazo.

Si ya es difícil para mí distinguir con claridad, qué pensamientos son realmente míos, qué decisiones tomo con libertad, qué me interesa realmente a mí, me pregunto cómo una mujer recluida en su casa y su trabajo, dependiente de su marido, su padre o su hermano, que no es mínimamente dueña de su cuerpo y de su vida puede saberlo y obrar en consecuencia.





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Desconfío de las manifestaciones en masa en las que el individuo deja de ser él mismo, pero más me sucede cuando ese individuo se agrega a la masa sin pasión, sumisamente. Sí, hay mujeres que dicen decidir por ellas mismas su situación respecto al hombre, su manera de hacerse respetar ante ellos, pero las formas de dominación pueden ser tremendamente sutiles. Y cada vez creo menos en una libertad, supuesta libertad, que funciona contra natura.
La imagen de hoy es esa niña vestida con el chador con la que me crucé esta mañana.




27 de agosto de 2007

Giraluna




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Zanzibar, 27 de agosto
Cuando salí de casa en julio camino de África mi macuto estaba lleno de música; no es una imagen; aunque también ¿por qué no?

Hoy mi música se reduce a unos cuantas canciones de Aute y Sabina, los temas principales de Casablanca y Gilda que tienen tanto significado para mí, María Callas, Mayte Martín con Tete Montoliú y poco más. Un virus tanzano se encaprichó de Iberia, algo totalmente comprensible. Un cuarteto de Beethoven, una antología de flamenco, algo de Bartok... se sacrificaron en aras de la seguridad de unas cuantas carpetas de fotografías, y el artista del robo que corrió con mi macuto en la oscuridad de Blantyre se llevó como premio dos DVDs llenitos de notas de piano, tambores africanos, orquestas, voces bien templadas como la de Teresa Berganza, dulces como la de Kiri Te Kanawa, humildes boleros y todo un repertorio de música clásica del siglo XX que yo pensaba escuchar mientras leía La música y lo inefable de Vladimir Jankelevitch, libro que también voló esa noche en Blantyre.

“Escogió la música para adecuarse a su estado” dice Doris Lessing en su novela De nuevo, el amor. Muchas veces he depositado mi tristeza, mis recuerdos, mi ternura en la música. Y así, se ha comportado conmigo como ese amigo que permanece a nuestro lado y nos acompaña en silencio; sí, en silencio porque sus notas, la letra que en ocasiones la acompaña sólo suenan dentro de mí.

También la alegría, y entonces mi voz y la suya suenan al unísono y se oyen por toda la casa.

La música me comprende o, cuando menos me ofrece un descanso, es una buena amiga.

También es cierto que a veces la utilizo en exceso y se convierte en un blando colchón donde me puedo sentir tan calentita y acogida como para no salir al exterior y terminar embelesándome con mi tristeza o mi nostalgia.



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Mi intención cuando compré La música y lo inefable era acercarme más a la música clásica a partir de los años treinta, cuarenta del pasado siglo buscando una amistad más amplia, no sólo para compartir sentimientos sino también para dialogar y para ver juntas el paisaje, los colores, este mundo nuestro. El artista de Blantyre me ha obligado a posponer el encuentro y ahora sólo converso con Aute y Sabina, maduritos enamoradizos como yo; y de esta manera prefiero, con toda seguridad, el abismo antes que más de lo mismo, sueño giralunas, recuerdo los tres mosqueteros, la mesa camilla que había en la casa de mis padres, el portal donde un enamorado de diez años me declaró su amor; reconozco mis cada vez mayores dudas y mis contradicciones: ni sí ni no, ni lucha de contrarios, esto es como es... y puede que por ello necesite con frecuencia un abrazo que me ayude a mantener la ilusión, sentir lo hermoso de buscar, encontrar y abrazar un cuerpo y, porque siento nostalgia de lo que no viví en un pasado excesivamente protegido, recorrer con Sabina calles, bares, carreteras...


Y según escribo esto me doy cuenta de que vuelvo a casa dentro de muy poquitos días con mi macuto de nuevo lleno de música, de tierna nostalgia por lo que dejo, de ilusión por lo que hallaré.




25 de agosto de 2007

Paradojas


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Dar es Salaam, 24 de agosto





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Dar es Salaam, remanso de paz, en árabe. Tal vez. Yo me siento en paz en esta ciudad, me gusta, estoy tranquila, a gusto; puede que a finales del siglo XIX, cuando fue fundada por los árabes fuera un refugio de paz, un lugar quizás paradisíaco, ahora es una ciudad cosmopolita, mezcla de árabes, indios, chinos, negros; ruidosa, polvorienta; desde el amanecer las bocinas de los coches, los motores se unen a las voces del gentío, al canto del muecin. Paradojas. Por la noche se escucha la voz y la guitarra de un hombre sentado en el bordillo frente a la puerta de nuestro hotel.

Esta mañana, en el Museo Nacional había un numeroso grupo de chavales con sus profes. Mi cuerpo se emocionaba viéndoles; una atención admirable, escuchando, yendo de un lado para otro a tomar unas notas, comentar una fotografía, observar despacio los objetos de una vitrina; no había necesidad de llamarles al orden, deambulaban por las salas satisfaciendo su curiosidad. Las carreteras de Tanzania están llenas de estudiantes que regresan caminando hasta sus casas después de terminar su jornada en la escuela primaria o en la secundaria. Es una buena inversión que falta en otros países del continente; invertir en el futuro; se les ve tan interesados, tan formales a la vez que alegres, tan ávidos de conocimiento que a través de ellos se percibe una posibilidad de avance, de solución a los problemas del país. Siento pena por el ambiente en que se mueven mis alumnos, no por el que viven los estudiantes de Tanzania, casi diría que son afortunados al conocer el esfuerzo, las dificultades. Nuestros chicos, que habitan un primer mundo repleto de posibilidades tienen, sin embargo, complicado este aprendizaje de la vida, les ponemos todo tipo de obstáculos, les impedimos que aprendan lo fundamental con un exceso de cuidados, de protección y una carencia de límites y responsabilidades. Justo lo contrario que vive, por ejemplo, el adolescente que vendía plátanos entre los autobuses con el uniforme del colegio aún puesto.





--> Me gusta África. Hace dos años no soporté más de mes y medio viajando por Mauritania, Senegal y Malí; fue muy duro, quizás porque era la primera vez, puede que por las infames condiciones de la travesía por el río Níger hasta Tombuctú después de los tres días de carretera de Dakar a Bamako... No lo sé. Ahora seguiría viajando por este continente. Sospecho que aprendo, y mucho, de África.

Se me acaba el viaje. En una semana estaré en el aeropuerto de Johannesburgo camino de casa. Melancolía. Me quedaría aquí, en Dar, hasta que el cuerpo me pidiera movimiento y entonces volvería al ajetreo de los autobuses. Pero no puedo. Sin embargo, tengo también ganas de estar sola en casa, de volver al cine, de asistir a un concierto, de pasear por Madrid.





20 de agosto de 2007

Mi camiseta venezolana



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Nkhata Bay, 17 de agosto

Cuando viajo la relación con los objetos de uso diario es diferente a la que tengo en casa. Las tijeras, la bolsa de aseo violeta que me regalaron al comprar unas cremas en El Corte Inglés, la guía de África han estado pegadas a mí durante mes y medio, las he depositado con la confianza, la poca importancia que da la cercanía, casi sin fijarme en ellas, en estantes casi siempre de madera, a veces de piedra, en ocasiones limpios, en muchas otras polvorientos; han viajado tan apretaditas como yo, debajo del asiento, de pie en el pasillo, más lujosamente al principio, en Sudáfrica o Namibia cuando el macuto naranja tenía derecho a un departamento en exclusiva para el equipaje y se podía codear con maletas y bolsas de viaje y, más humildemente, atravesando Zambia o Mozambique cerquita de sacos y bultos de todo tipo y condición.

Mientras caminaba por Nkhata Bay intentando reponer lo perdido, cansada de no encontrar ropa, le dije a Alberto: para qué me voy a comprar una camiseta si tengo la de Canaima... mi cerebro la había salvado del incidente de días atrás, fueron unos segundos, me sorprendió la equivocación en un principio pero después caí en la cuenta de que aquello no me habría sucedido, por ejemplo, con los pendientes que compré en Sudáfrica, y es que la camiseta de Canaima ha viajado conmigo durante años, se ha tumbado en una hamaca mientras navegábamos por el Amazonas, ha subido, luchando a brazo partido, al Iron Train de Mauritania, disfrutó con Farruquito en La Unión, se escondió en el fondo del macuto para no pasar frío mientras caminábamos por la Cordillera Blanca, durmió en la cubierta del barco que recorría el Níger hacia Tombuctú, paseó por la parcela de El Chorrillo e incluso ha vivido entrañables momentos llenos de sentimiento o de pasión en mi casa, que era la suya.

Hoy, tumbada sobre una barra de madera en la cabaña en la que vivimos estos días hay una falda nueva, sobre la cama unas bragas de un rojo y naranja chillón con bordados excesivos, prendas que van sustituyendo lo perdido porque una tiene que vestirse, nada más, pero aún no encontré la que pueda ocupar el lugar de mi camiseta encontrada en Canaima.





Mi macuto naranja bajando del Iron Train





Mi camiseta venezolana de viaje por el Amazonas

Niños y adolescentes





Bangla Desh


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Mzuzu, 15 de agosto
Pues sí. Una pila de años, más de medio mundo recorrido de acá p´allá siempre con el macuto a cuestas y plaf! una mano ágil perteneciente a un artista del robo me dejó en un pispás sin ropa, sin música, sin cepillo de dientes, sin pastillas para el colesterol, sin biblialonelyplanet, sin.... y lo que es peor sin líquido para limpiar las lentillas; imposible encontrarlo aquí; como en Huaraz hace años vuelvo a ser la gafotas.


Turquia
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Duro viaje este desde Blantyre a Mzuzu. Lo de siempre pero aumentado. Espera desde las cinco hasta las ocho y media, intriga de si viajaríamos o tendríamos que volver al hotel, asalto salvaje al autobús y, entremedias, mi macuto naranja con todas sus posesiones voló. Una fracción de segundo: el autobús llega, Alberto sale corriendo a asegurarse de que es el nuestro, yo me levanto, miro hacia él y cuando giro la cabeza el macuto no está. Pero no es esto lo que hace duro el viaje, al fin y al cabo el que se llevó mis cosas tenía más necesidad de ellas que yo (aunque seguro que no llevaba lentillas).



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Duro viaje. En la estación y durante el trayecto -cerca de veinticuatro horas entre la espera y los seiscientos y pico kilómetros de recorrido- estamos rodeados de madres adolescentes que cargan con sus niños a la espalda, muchas llevan alguno más agarrado a su falda; ellos, los padres, lo mismo, en España podrían ser confundidos con cualquier estudiante de secundaria. Van descalzos, sucios, el pelo color ceniza pegado al cuero cabelludo, roña en los brazos y los tobillos, la ropa ajada, los mocos colgando. Hay niños por todas partes. Se me humedecen los ojos como me sucedió hace dos años en Malí cuando desde la ventanilla del autobús vi a aquel chavalín de pocos años guiando a un hombre ciego; el rostro de adulto en aquel cuerpo tan pequeño debió de ser la gota que colmó mi ánimo aquel día, no era una escena nueva, había visto esos rostros a lo largo de todo el viaje. Tampoco lo que veo hoy es nuevo, pero esa sonrisa que me dirige esta adolescente de ojos enormes me revuelve por dentro. África profunda. El África que sólo se puede conocer oliendo, tocando, viviendo con ella horas de espera y de viaje. Nunca el Papa viajará así. No es lo propio de su estatus de jefe de la Iglesia. Pero no es la católica la única Iglesia que desvaría, en la puerta del albergue donde dormimos, en Mzuzu, regido por presbiterianos, hay un enorme cartel que defiende la abstención y la fidelidad matrimonial como el medio de evitar el sida. Y todo seguirá igual, las niñas que viajan en el autobús, dentro de unos poquitos años llevarán otros niños, sacarán de un plástico algo de nsyma para comer... me repito, lo sé, es lo mismo que escribía hace unos cuantos años en Guatemala y hace dos en Malí. Niños y niños pululando por las calles del África subsahariana, de Centroamérica, del sur de Asia...

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La gente entra y sale como si se tratara de un puesto de bananas o de un bazar de esos en los que puedes encontrar casi cualquier cosa que busques, y entra y sale sin preguntarse por estas cosas extrañas que suceden como que en su ciudad existan edificios como estos, o que un señor de blanco que vive tan lejos tan lejos les diga cuántos hijos deben tener.

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Pero ya se sabe que una cosa es el raciocinio, la inteligencia que, mejor o peor, me permite pensar, escribir, opinar, cargar las tintas despotricando contra Papas, Iglesias y bancos y otra ese cerebro límbico que hace que mis emociones superen mis razonamientos, y así, horas después de haber llegado a Mzuzu, cogido un minibús, viajado apretadita entre una jovencita con su bebé en brazos y la puerta corredera -para más inri corredera, que cada vez que el cobrador la abría tenía que hacer equilibrios para no caer fuera- y haber llegado a Nkhata Bay me olvido de todos los males que asolan este continente y me miro a mí misma más de la cuenta, como decía mi abuela, no hay que escucharse tanto, y me siento disminuida y algo apagada, porque en el macuto naranja que voló estaba el líquido con el que limpiar las lentillas, y ahora tengo que usar las gafas con las que no veo bien y me siente fea, viejita, insegura, poca cosa y ya no recuerdo a la adolescente de grandes ojos ni al niño que se agarraba a su falda. Vergüenza.


Turquia