1 de octubre de 2015

Ahmed, Apal, Shaida, otro encanto del Pamir

Murgab, Pamir, Tayikistán. 29 de septiembre de 2015


Te crees que tu organismo tiene más que suficiente experiencia viajera y que va a pasar por alto, como antes, toda situación contraria a tus hábitos de vida chorrillense y resulta que no. Aquí estoy, en Murgab, a base de arroz y realizando numerosos paseos a la tualet, que dicen los habitantes de estos lugares. El arroz me lo va a preparar la dueña del guesthouse, Apal, madre de nuestro conductor de ayer, Ahmed, el de sonrisa preciosa, al que se le ilumina la cara y sus ojos chispean cuando sonríe. Hace frío, estamos a cuatro mil metros y aquí lo único que caldea la casa es el sol que acaba de esconderse tras las nubes; la luz procede de una batería y sólo hay durante algunas horas.

Mañana partiremos hacia Osh, ya en Kyrgyzstan. Será un viaje similar a los que hemos hecho desde Dushanbe, en esta ocasión durante doce horas. Me lo imagino tan esplendoroso como los anteriores. De Dushanbe a Khorog, ya lo describí en mi post anterior, eran el río y los colores de las laderas y los picos cubiertos de nieve al fondo; en el de ayer era ese paisaje desolado, austero de las montañas peladas y los grandes llanos. Ambos compartían la belleza y la dificultad del del camino pero el viaje desde Khorog a Murgab añadía la sensación de soledad, de estar en un lugar perdido en el mundo. Estos trayectos son puro viaje, aportan una sensación de intemporalidad en la que el punto de partida y el de llegada podían ser los que son o cualesquiera otros. Es el momento de la aparición de un glaciar en la lejanía, o un nuevo tono de color en las laderas, o unos lagos, o la percepción de la inmensidad de los llanos en un lugar a más de cuatro mil metros los que van marcando el ritmo de tu tiempo. Y más, e importante, el contacto con la gente del lugar.

Al llegar al Paso Koi-Tezek un lugar en el que el frío y el viento eran fortísimos vemos en las cercanías de la carretera a una pareja, él vestido de caqui y con una mochila y ella, se llamaba Shaida, un nombre precioso, tapada la cara con un pañuelo. La costumbre del pañuelo que se repite en casi todas las personas que vemos no deriva en este caso de un hábito emparentado con la religión, es algo más práctico, la forma de defenderse del frío y del polvo. Ahmed les recoge, ya somos cuatro.
Paramos a comer en la aldea mayor del trayecto, Alichur, en la casa de un amigo de Ahmed. La habitación, como en nuestra guesthouse de hoy, cubierta por alfombras en paredes y techos, un tapete del mismo estilo que las alfombras sobre el que distribuyeron los alimentos: yogur, mantequilla, manzanas y té. El amigo de Ahmed es también taxista y hablaba inglés, nos contó que tienen escuela y médico; la maestra de Istaravshan me dijo que el médico era gratis para los niños pequeños y los jubilados, puede que sea diferente según las regiones del país y el Pamir es una zona autónoma, aquí el médico tienen que pagarlo, vida ruda y difícil la de esta gente. La madre, una anciana de setenta y cinco años tejía fuera, al sol, resguardada del viento por una yurta con un bonito decorado interior y que pertenecía a la familia. Por allí andaba el resto de la familia, dos jóvenes y el padre, con su sombrero típico del lugar. Ahmed después de recorrer el poblado saludando a los vecinos, recogió en el coche a una mujer con la que ya eramos cinco, los asientos de atrás estaban ocupados por el equipaje y las compras hechas por Ahmed en Khorog.

En la carretera otra mujer y una niña esperan pacientemente que algún coche pare. De momento Ahmed continúa el viaje pero unos cien metros más allá, tras recibir una llamada telefónica (el que tengan cobertura en estos sitios es una intriga para nosotros) da la vuelta y va a buscarlas; hay que parar de nuevo mientras apaña el equipaje en la baca para que puedan subir al coche. Y ahora vamos a las completo. Viendo las dificultades que tienen las personas en estos lugares no molesta el ir un poco más apretados, otra cosa es, como nos sucedió en Istaravshan, que nos negamos a que suba más gente que utiliza el taxi de la misma manera que nosotros.

La amabilidad de la madre de Ahmed es extraordinaria, pendiente de que estemos bien hasta el último detalle, estaba yo sentada en los escalones en la puerta de la casa y rápidamente me ha traído un cojín. Esta disposición que se da en la gente sencilla, creo que lo es tanto si ésta pertenece al mundo rural como al urbano, la razón de que en éste último se de menos no son las personas sino el tipo de vida.

Apal nos ha traído la comida, una ensalada y una sopa para Alberto y mi arroz. Vamos a ver si vuelvo a ser una sanota viajera.

Nieva. Sí sí, nieva. Se notan los cuatro mil, nos cuesta respirar, sobre todo cuando subimos las cuestas del pueblo, buenas cuestas ellas. En el local de Internet hay una profesora enseñándoles inglés a un grupo de chicas, el modem roto, nos dicen. Pasamos por las escuelas y caminamos hacia el bazar, aquí la tienda, enfrente hay unos billares, para el lugar en que están no parecen privarse de lo imprescindible. 

Por cierto que llama la atención la limpieza de las zonas rurales de este país.

Imágenes:
Con Apal y su nieto.
Camino de Murgab con parada en Alichur.
Murgab.





















4 comentarios:

Ana Jordan dijo...

Preciosas fotos y preciosas personas. Te deseamos que puedas ampliar tu monótona dieta. Un beso de parte de todos y buen viaje.

Noches de luna dijo...

Hola, Ana. En eso estamos, buscando encontramos un par de sitios con buena comida y baratos. Si esto mejora sólo echaré de menos las legumbres. Besos desde Kirguistán a todos, me alegro de que nos leas.

slechuga dijo...

Que pena Victoria que no te pusieras un gorro también, estas muy bien en la foto, y bueno a seguir disfrutándolo. Besos.

Noches de luna dijo...

Un abrazo, Santiago, y ya sabes, cuando quieras quedamos. En Kirguistán hay cerveza. ;-)