2 de mayo de 2007

Poesía cotidiana

Lilium pyrenaicum, Aigües Tortes



Llevo cinco días sin salir de casa. Durante ese tiempo sólo he visto a una persona. Sin embargo percibo que la comunicación con el resto de los habitantes del planeta es tan amplia como si hubiera estado en sus ciudades, en sus casas, hubiera participado de sus conversaciones.



Sé que esto que escribo no es válido para cualquier momento, que también necesito ver, oír, tocar. Pero sí lo es en estos días. ¿Por qué? Pues porque a veces basta con la poesía para sentirse parte indisoluble del resto del mundo.

Puedo escuchar el canto del ruiseñor, ver el bosque, sentir su humedad y observar el baile de los insectos que escucha, ve, siente y observa mi amigo Julio, estoy junto a esos fragmentos de vidrio, junto a la sangre, me duele la violencia y me pregunto si ese coche que rompe con todo será el paso siguiente que cada segundo da la vida por su cuenta, sin pedirnos permiso y borrando parte de nuestras vivencias.



En Berlín, sinfonía de una gran ciudad y en Manhatta pasan más cosas que en cualquier película de aventuras; la gente desembarca en el muelle de Manhattan para ir a sus ocupaciones, cruza las calles del Berlín de los años 20 jugándose el tipo, un anciano recoge colillas del suelo, los habitantes de Manhattan y de Berlín se mueven por la ciudad de la misma forma que lo hacemos los ciudadanos de 2007 en cualquier ciudad del mundo; los obreros levantan rascacielos, al mediodía el movimiento disminuye en la calle (tengo que decir aquí, no me queda más remedio, que Berlin... es realmente una sinfonía y que la mejor forma de verla es sin acompañamiento de música, no la necesita, se escucha sin necesidad de oírla) y es el turno de los camareros y cocineros de los restaurantes de Berlín atendiendo al público mientras en Manhattan los obreros se sientan a comer sus bocadillos compartiendo unas botellas de vino, se levanta algo de viento y los papeles vuelan, los caminantes apresuran el paso y mientras en Manhattan anochece sobre la bahía de Hudson en Berlín son fuegos artificiales los que despiden nuestra aventura cotidiana.


También a miles de kilómetros he hojeado el libro de José Antonio Marina Ética para náufragos, he sentido un cierto temor en un vuelo baratito de Malasia a Singapur y he paseado por la Little India boquiabierta ante la mezcla de fanatismo y primitivismo de una manifestación religiosa.



Panamá City


Y sobre todo he vivido con Ka, un a veces entrañable, a veces incómodo personaje lleno de dudas, que no sabe lo que quiere y se contradice equivocándose (¿o tal vez no?) una y otra vez en sus decisiones políticas y personales lo que le lleva a convertir su vida en un desastre excepto, no podía ser menos tratándose de un poeta, en los momentos plenos de vida que va sintiendo a lo largo de la novela cada vez que una inspiración repentina − en ese momento corta con lo que le rodea e inmediatamente se aísla en cuaqluier sitio, una escalera, una mesa de un bar, un banco, una calle vacía− le obliga a escribir verso tras verso sin respiro el poema que “le viene” (expresión literal de Pamuk). Y como soy un poco Ka según leía la novela me enfadaba con él como si le tuviera delante; pero un poeta no es un hombre de realidades y por ello no me hacía el menor caso.



Y es que la poesía que entraña la vida cotidiana se muestra de múltiples formas. Y yo debo dar gracias a aquellos que, como Alberto (Primavera en el Pacífico), Julio (Llueve), Ruttman, Pamuk, Sheeler y Strand saben transmitirla y quieren compartirla.

1 comentario:

Julio dijo...

Como bien sabes, amiga mía, la poesía es un arma cargada de futuro, que dijo el poeta. Gracias por la referencia. Y por las magníficas fotos de tus viajes (que tan largos nos ponen los dientes...)