Junto a la frontera con Serbia, 14 de septiembre
Brasov, junto a Transilvania, es una preciosa y agradable ciudad; al pasear por sus calles la mirada pasa continuamente de fachada en fachada, sin que ninguna desmerezca de las otras. En la plaza principal, donde está
lo mismo me sucede cada vez más con las personas que circulan por las ciudades; a veces aparece un rostro, un ademán que merece la pena ser rescatado de entre la gente.
Sighisoara: hermosísima ciudad. Subimos a la parte más alta por una escalera cubierta del siglo XVI, de madera; arriba, además de la iglesia que se erige sobre la ciudad, está el cementerio por el que me doy un paseo en solitario entre lápidas, las más antiguas son del siglo XVI; me gusta visitar los cementerios, pero éste es especialmente atractivo por la mezcla que tiene de parque tranquilo y agradable y las lápidas antiguas que le dotan de un apariencia de museo y, al mismo tiempo, de escenario propio de una película de terror. Supongo que éste es el cementerio en el que está enterrado Octavian, el enamorado de la abuela Anka, entrañable personaje del libro de Magris, El Danubio.
Dormimos junto a unos maizales vallados, un perrito ladra, más tarde viene el dueño, invita a que entremos y nos cuenta sobre la vida diaria: 200 euros al mes en una fábrica, carestía del gasóleo para poder regar el maíz y la huerta que está malográndose. Decidimos saltarnos Sibiu a pesar de que parece ser una ciudad interesante y dar un estirón hasta Servia. Pasamos por Hunedoara, con un castillo que no vemos y fábricas imposibles de no ver, leo que esta ciudad está en el punto de mira de Greenpace por el desastre ambiental que producen tantas fábricas; la mayoría son herencia del gobierno de Ceaucescu, que, según las malas lenguas, quería, en una infantil lucha contra la historia húngara de esta ciudad, darla a conocer más por el desarrollo industrial que por la existencia de su histórico castillo.














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