14 de enero de 2016

Zenobia Camprubí. Subida al volcán Kawah Ijen

Lovina, isla de Bali, 13 de enero de 2016


"Detrás de un gran hombre hay casi siempre una gran mujer". Una de esas frases rotundas que durante décadas se escuchaba como una alabanza y un reconocimiento de la mujer y su papel en la vida.

Cuando yo estudié en el instituto a Juan Ramón Jiménez, a Zenobia Camprubí no se la nombraba, años después, en la facultad, la idea que me llegó de ella era la de una mujer dedicada a cuidar y facilitar el ambiente necesario para que Juan Ramón, su marido, desarrollara su obra, como mucho, a su papel de "gran mujer detrás de un gran hombre" se le añadía ciertas labores de secretaria. Llegó la transición, la eclosión de los movimientos feministas y la figura de Zenobia fue no sólo recuperada sino mostrada como una víctima más de la visión patriarcal de la Historia. Se decía que la obra de Juan Ramón Jiménez no habría sido posible sin su mujer, que los escritos de ella y su capacidad literaria no habían sido reconocidos por el hecho de ser mujer y que decididamente las costumbres y la ideología patriarcal habían impedido que tuviera una vida propia, un desarrollo de una obra importante o al menos un reconocimiento de ella.

Hace unos días escuché un podcast sobre la conocida como mujer de Juan Ramón Jiménez. Se trataba de un reportaje serio y creo que bastante objetivo por las fuentes utilizadas. Zenobia Camprubí no se casó con Juan Ramón hasta los veintiséis años, una edad para la época un tanto tardía y le costó trabajo decidirse porque tenía claro que el matrimonio le iba a coartar su independencia. Era una mujer que hacía de su vida lo que quería, interesada en campos diversos de la cultura y practicante de actividades como la música y la literatura. Había vivido hasta su juventud en Estados Unidos, se sentía ajena a los hábitos de vida aceptados culturalmente en Madrid, donde tuvo que pasar unos años durante los que su idea fue regresar lo más pronto posible a Estados Unidos donde se sentía más libre. Curiosamente era tremendamente puritana en cuanto a cualquier cuestión relacionada con el sexo.
Cuando decidió casarse con Juan Ramón Jiménez la admiración que sintió hacia la obra literaria de éste en comparación con lo que ella escribía le llevó a decidir dedicarse a colaborar con él abandonando sus escritos. Traducía cuando Juan Ramón, que no sabía inglés, necesitaba de lecturas o estudios en ese idioma, o hacía de intérprete en las reuniones  con otros escritores o personajes de la cultura de entonces, opinaba y aconsejaba, mantenía el silencio y el orden que su maníaco marido necesitaba para trabajar, soportaba en fin los momentos de ira o depresión de éste y siempre estuvo a su lado porque sabía que él no sabría vivir sin ella. Fue una decisión pensada y decidida por sí misma, en contra de la opinión de su madre, artífice en gran parte de la educación y el carácter libre de su hija.

Ésta parece ser la realidad de la vida de Zenobia Camprubí, fuera de la censura y los hábitos de la época de mi niñez y adolescencia y también de la inevitable visión sesgada de la aparición de los movimientos feministas de los años setenta.

Anécdota que me viene a la memoria al escribir estas líneas. Mochilera joven, occidental, guapa y coqueta, aspecto de seguridad, risa fuerte y habitual. Con lógica o sin ella hay un tipo de mochileros y mochileras ante las que tengo prevención. En este caso formaba parte del grupo en el que nos integramos para ir al parque natural Ijen. No me equivoqué, tanto fue así que cuando llegamos al lugar donde se coge el ferry a Bali salimos huyendo a ver si teníamos suerte y ella llegaba después de haber partido nuestro ferry. Lo que tiene que ver con el tema feminista es la actitud de esta veinteañera alemana provocando o sugiriendo que tanto el joven coreano que también formaba parte del grupo como los sucesivos guías o conductores de la furgoneta le llevaran el macuto con una galantería trasnochada. Sé que se pueden levantar voces reprochándome ser una exagerada o sacar las cosas de quicio. Si alguien conocido o un hombre contratado para una labor similar a la que cuento se ofrece puede no tener importancia pero la reacción personal cuando se pertenece a un grupo en el que hay además dos mujeres mayores y se trata de una viajera supuestamente independiente y que viaja sola adolece, pienso, de una contradicción con la defensa de la valía y capacidad de las mujeres que se lleva a cabo en conversaciones posteriores. Quizá no habría hecho falta tanta explicación, simplemente la actitud chirría. Deberíamos ser más consecuentes.

Mi "obligación" ahora sería escribir sobre nuestra subida al volcán Kawah Ijen y posterior bajada hacia el interior del cráter cercanos al lugar donde trabajadores del azufre sacan fragmentos de la roca, los hacen trozos y los suben en canastos cargados con setenta u ochenta kilos durante doscientos cincuenta metros de altitud, con pendientes del sesenta por ciento hasta la cima del volcán para después bajarlos otros ochocientos metros hasta el lugar donde son recogidos. Dos visiones, una, ya que estoy reivindicativa, la del trabajo de estos hombres mal pagados (no les da el sueldo de doscientos a trescientos euros al mes descansando cuatro días al mes para comprarse una máscara antigás), tragando ácido, tosiendo como si fueran a echar fuera los pulmones desde la una de la madrugada hasta la mañana; la otra, la de turista que alucina ante el espectáculo del volcán, la humareda que sube desde el fondo del cráter en contraste con el cielo estrellado y con las luces de las linternas de los hombres que trabajan allí abajo, los colores de las rocas de azufre y los tonos blanquinegros de las laderas superiores y la subida nocturna a pesar de las voces de parte de los turistas, lástima no poder hacer este tipo de recorridos sin tener que contratarlos, algo que parece que va a ser difícil o imposible de evitar mientras estemos en Indonesia. Releo lo anterior y veo que en parte mi "obligación" está cumplida. Voy a la playa de Lovina, el lugar de Bali en donde estamos, a buscar a Alberto ya que es hora de cenar, mañana hay que madrugar para ver los delfines, otro tour turístico, no hay más remedio.





















2 comentarios:

Ana Jordan dijo...

Un pelín tiquismiquis, ¿no?. Bueno no lo sé, posiblemente tengas toda la razón , los estereotipos son solo eso y al final se ve el plumero.

Noches de luna dijo...

Te refieres a la chica alemana ¿no?